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Una de las grandes películas del cine francés es, sin duda, El carnicero, dirigida en 1970 por Claude Chabrol en torno a la crónica de un asesino en una pequeña localidad. Aquel era y es un metódico retrato de la psicología de personajes que profundiza en el lado oscuro del ser humano poniendo de manifiesto el recelo, la duda sobre algo o alguien que no parece lo que en realidad es.

Misericordia se mueve por parámetros similares, pero lo hace con un sentido más liviano, menos profundo. Cierto es que en este trabajo de Alain Guiraudie, que logró gran reconocimiento por El desconocido del lago (2013) y que puso ahí todas las claves de su cine, austero y osado, con fuerte carga sexual y enormemente inquietante, sabe colocar en la trama momentos de humor negro, de disparate con aire realista dentro de un micromundo donde cada personaje gira en torno a un recién llegado que los agita, los remueve por dentro y por fuera para alcanzar puntos tragicómicos que dan aire a un drama sobre relaciones, deseos, celos e intenciones brumosas.

La trama nos acerca a un pueblo apático, Saint-Martial, y a la llegada de un joven que regresa a su localidad para asistir al entierro del panadero, su antiguo jefe. Su intención es quedarse en el lugar por un tiempo indeterminado en casa de la viuda, pero pronto chocará con la violencia del hijo de esta, rival desde siempre. Esa cotidianiedad estancada queda rota cuando se produce un crimen en el bosque que dará lugar a una enfermiza investigación policial. Cabe añadir la presencia de un ser marginal amigo del desaparecido y tentado por Jéremie, un Jéremie bisexual, del que no sabemos a ciencia cierta sus intenciones, lo que lo convierte en un individuo indefenso o, por el contrario, en un astuto y milimétrico embaucador. Y a todo esto, también se encuentra la figura del cura del lugar, un ser más cercano a lo carnal que a lo religioso.

El cine de Alain Guiraudie provoca, y lo hace utilizando el encanto de una pieza discordante que rompe con formalidades del lugar, que convierte en transparentes a sus habitantes, que los hace ser quien son con pasmosa naturalidad pese a las convicciones morales de un espacio cerrado en sí mismo.

Ganadora de la Espiga de Oro a la Mejor Película y Premio al Mejor Guion en la pasada Semana de Cine de Valladolid, Misericordia posee la soltura que ejerce su director a la historia que cuenta, nada convencional, pasándose por el forro lo que pueda parecer inmoral, ya que su intención es arañar lo que se esconde debajo de la piel y mostrarlo con espontaneidad y mucho descaro.

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