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El realizador Stéphane Demoustier toma como referencia la novela de la escritora Laurence Cossé para trazar una exploración sobre la obra de un hombre, y de este modo, abrir fisuras en la elaboración de un proyecto arquitectónico, las muchas complicaciones que deberá soportar un ser cuya ilusión es que algo suyo perdure en el tiempo a pesar de los contratiempos y malas artes por parte de lo que le envuelve.

El arquitecto no es un simple biopic. Es una lucha que sale de las vísceras, del inconformismo, de hacer frente a los reveses que pueden implicar la descuartización en la creación de algo monumental.

La historia nos remite a 1983, momento en que un desconocido profesor de arquitectura danés gana el concurso público más ambicioso de la historia de Francia –apadrinado por el presidente François Mitterrand–, que consistía en el diseño y construcción del Grande Arche de La Défense. El danés Otto von Spreckelsen tan solo poseía en su historial la edificación de su propia casa y de cuatro iglesias en Copenhague, y para sorpresa de todos, se le adjudicó una obra colosal. Demoustier nos lleva a conocer al personaje, de talante nórdico, impecable en su posicionamiento y defensa de lo que se vino a llamar El Cubo, un edificio absolutamente rompedor y complejo. Pero pronto, y es ahí donde el director remarca su historia, se encontrará con numerosos problemas auspiciados por la derecha, que insiste en privatizar para no derivar más gasto a esa obra, rompiendo en mil pedazos la ambición de un visionario, un ser que se defiende incluso dejando que se deteriore su vida privada, que es eclipsada por la tenacidad de continuar su testamento arquitectónico.

El arquitecto tiene en los personajes que circundan y se relacionan con Spreckelsen un motor narrativo coherente, el del intermediario del gobierno que siempre se encuentra en un fuego cruzado y en el del arquitecto que ayudará en la construcción del singular edificio, provocando una alianza, y a su vez, fuertes encontronazos con el personaje principal, que se siente engañado frente a un sistema que ni quiere ni pretende entenderlo.

El arquitecto

Hay en esta película una mirada hacia lo trascendente, hacia esos hombres que son inamovibles en su propia magnitud creativa, algo que el cine ya ha expuesto en otras ocasiones como en El manantial (1949) de King Vidor, en El vientre de un arquitecto (1987) de Peter Greenaway o en la reciente The brutalist (2024) de Brady Corbet. Seres inconformistas, incluso autodestructivos, tenaces e inflexibles, porque el arte, la arquitectura y los retos son la esencia de su propia vida.

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