La inmoralidad de Trump
Decía Borges que a los suecos se les da mejor inventar la dinamita que conceder premios, algo que salta a la vista porque a él no le concedieron el Nobel de Literatura. No se les da mucho mejor a los noruegos desde el momento que sonó hasta última hora el nombre de Trump como Nobel de la Paz y lo concedieron a una opositora venezolana que ha participado en mítines ultraderechistas. Trump confirmó ayer lo que hacía meses que venía anunciando desde que desplegó una amplísima flota en el Caribe. Y no solo eso: desde que empezó a matar a decenas de personas en alta mar con la excusa de que eran narcotraficantes, algo para lo que no necesitaba más prueba que la afirmación del propio Trump, cargándose de un plumazo la base del derecho penal ilustrado desde los tiempos de Beccaria, como es la presunción de inocencia. Trump ha expandido una narrativa sorprendente: Venezuela no solo es una dictadura sino que también es un narcoestado dirigido por un Maduro del que ayer exhibió su captura. Que Venezuela es una dictadura será más o menos discutible, pero que es un país donde no se respetan derechos es evidente desde el momento en que hay 8 millones de venezolanos refugiados en el mundo, la mayoría en Madrid, y 406 peticiones de asilo en Lleida en 2024. Pero que sea una dictadura no justifica los bombardeos de ayer ni siquiera para Trump. Hay muchas dictaduras en las que EE.UU. no solo no interviene sino que las defiende, como Arabia Saudita. Por eso ha esgrimido ahora el argumento del narcoestado, aunque la razón de fondo, por supuesto, es el petróleo. Desde que comenzó su segundo mandato, quiere actualizar la doctrina Monroe, postulada en el siglo XIX por el presidente que defendió que los asuntos de América eran para los americanos, en contraposición a los intereses colonialistas europeos. Trump aspira a convertir la doctrina Monroe en doctrina Donroe (por Donald). Interviene en América Latina como lo hacía Kissinger, pero a su manera. Y su manera es luchar contra la democracia en Europa potenciando los partidos de ultraderecha y en EE.UU. potenciando un golpe de Estado (asalto en el Capitolio) y redadas masivas contra inmigrantes. Hay una diferencia crucial entre la política de Kissinger y la de Trump. Kissinger intervenía en América Latina de forma parecida a como lo hace Trump, pero lo hacía en nombre de una supuesta defensa de un valor moralmente superior, como son las democracias occidentales frente a los regímenes dictatoriales. Era una política cínica porque en realidad Kissinger potenciaba dictaduras en América Latina, pero se decía, fuera o no verdad, que se hacía por un valor éticamente encomiable. Trump rompe con eso y declara la guerra a la democracia. Es un salto a la inmoralidad insólito en Occidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.