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El 3 de enero de 1990 George Bush padre, tras invadir Panamá, capturó/secuestró al dictador Manuel Noriega, que había sido agente encubierto de la CIA cuando la dirigía el propio Bush. Noriega fue juzgado en EE.UU. y condenado a 40 años. Otro 3 de enero, el pasado sábado, Trump hizo lo mismo con Maduro, que correrá la misma suerte. Nada ha cambiado. Es la aplicación de la doctrina Monroe (América para los americanos, entendiendo por América todo el continente y por americanos a los estadounidenses) que ha caracterizado la política exterior de EE.UU. desde hace dos siglos, y que en las últimas décadas ha comportado golpes de Estado en Chile y Argentina e intervenciones militares en la República Dominicana, Colombia, Honduras y Panamá. Pero algo sí ha cambiado desde el segundo mandato de Trump: la desfachatez. La indecencia. La falta de compasión. La falta de humanidad. Características todas ellas que antes podían estar cínicamente implícitas, pero ahora se exhiben con desvergüenza. Tanto Kissinger como los neocons de Bush hijo decían actuar en defensa de la democracia. Eran unos... (colóquese aquí el peor insulto del diccionario), pero eran nuestros... (colóquese aquí la misma expresión). Esta era la frase que explicaba aquella manera de justificar intervenciones militares que violaban flagrantemente el derecho internacional. Hoy Trump presume de ser un caradura. En su discurso del sábado no pronunció ni una sola vez democracia y dijo 27 veces –¡27!– petróleo. Explicó que él dirigirá la transición en Venezuela y descartó a María Corina Machado, la mujer que le robó un Nobel de la Paz que este hombre estrafalario donde los haya cree que merece. Trump dijo de Machado, con bochornoso machismo, que es una mujer amable pero no sirve. El 3 de enero de 1990 fue capturado/secuestrado Noriega; otro 3 de enero, el pasado sábado, fue capturado/secuestrado Maduro; y la mañana de otro 3 de enero, el del año 1889, Friedrich Nietzsche paseaba por las calles de Turín cuando vio a un cochero que azotaba con el látigo a su caballo, rendido, agotado, doblegado en el suelo. La impresentable crueldad del cochero conmocionó hondamente a Nietzsche, que abrazó al caballo mientras le susurraba algo en el oído. Milan Kundera ha explicado que Nietzsche pidió perdón al caballo en nombre de la humanidad. A partir de esa escena el filósofo perdió la razón y sus últimos 10 años fueron un infierno. La política de Trump es más o menos la de la doctrina Monroe de siempre, pero le ha añadido una crueldad hasta ahora insólita. La crueldad de las deportaciones masivas de inmigrantes. La del repugnante vídeo sobre el resort de Gaza. Esa crueldad estúpida y deleznable amenaza con volvernos locos a todos, como le ocurrió hace 136 años, literalmente, a una de las mentes más brillantes de la historia de la humanidad.

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