No es Donald Trump. Es Steve Bannon
Nos equivocaremos si tratamos a Donald Trump solo como un excéntrico que pone el mundo patas arriba con sus excentricidades de bully de patio de colegio. Lo de ‘solo’ es importante porque Trump es efectivamente un bully de patio de colegio, esperpéntico y ridículo para más señas. Después de que el lunes le dijera al primer ministro noruego que como no le dieron el Nobel de la Paz ahora no tiene ninguna obligación de luchar por la paz (¡como si el primer ministro noruego tuviera nada que ver con el Nobel de la Paz!), ayer puso en su red social Truth dos montajes fotográficos generados con inteligencia artificial, sin advertir de ello, en los que simula la conquista de la isla ártica danesa de Groenlandia. Dos episodios grotescos que son peccata minuta para un hombre que acaba de secuestrar a un presidente de un país ajeno (¡a un presidente de un país ajeno!) para juzgarlo en EEUU. Calificar estos despropósitos inimaginables hace apenas unos meses como la consecuencia del liderazgo de una persona con probables patologías narcisistas y acaso también psicopáticas es hacer un análisis demasiado superficial y optimista. Porque detrás del bully Trump hay mucho más que las excentricidades y caprichos de un matón. Hay una estrategia global que va mucho más allá de Trump y que quedó explicitada en el documento National Security Strategy de noviembre de 2025. Se trata de dinamitar las democracias parlamentarias desde dentro a base de extender el caos y la confusión, y el objetivo es hacerlo no solo en Estados Unidos sino en todo el mundo, particularmente en unos países europeos que tienen la extraña costumbre de respetar el derecho internacional. El internacional y hasta el derecho en general. Qué cosas. Para dinamitar las democracias parlamentarias en estos países, el citado documento explicita el apoyo de Trump a los partidos de ultraderecha que se extienden por todo el continente europeo, incluidos en nuestra casa Vox, en el ámbito estatal, y Aliança Catalana, en el nacional, con líderes tan populistas como una Orriols que acaba de tener la bajeza moral de acusar a Illa de recibir un trato VIP en Vall d’Hebron. La estrategia del actual gobierno norteamericano quiere cargarse los cimientos que rigen las democracias occidentales desde el final de la Segunda Guerra Mundial a base de sembrar el caos y vulnerar la legalidad para que impere solo la ley de la selva, en la que manda el matón. El problema no es Donald Trump; el problema es el legado de Steve Bannon, el ideólogo ultraderechista que en el primer mandato de Trump adiestró en un monasterio de Italia a los líderes de la ultraderecha que ahora siembran el desconcierto en Europa. El problema no es Trump, porque cuando él no esté habrá un J.D. Vance o un Marco Rubio que se convertirá en el nuevo bully del patio de colegio en el que esta gente se ha propuesto convertir el planeta.