SOLIDARITAT
El refugio nuclear de la Granja d'Escarp
Las familias evocan la acogida a los niños bielorrusos expuestos a Chernóbil hace 29 años

Membres de diverses famílies d’acollida de finals dels 90 es van reunir aquesta setmana a la biblioteca Ferran Sáez de la Granja. - MAGDALENA ALTISENT
"Nos dijeron que con una temporada aquí los niños podían curar un 60% de la radiación. El ayuntamiento lo propuso y la gente se animó”, recuerda Pilarín Cuéllar, una de las vecinas de La Granja d’Escarp cuya familia fue una de las 19 que acogió a alguno de los veinte niños que en 1997 viajaron desde Saligorsk (Bielorrusia), a 300 kilómetros de la central nuclear de Chernóbil (Ucrania) para pasar unas semanad de acogida. Habría otro viaje al año siguiente, y uno más en 1999.
“¿Cómo no voy a echar una mano para que se proyecte un acto de generosidad como este que hicieron familias del pueblo?”, plantea el alcalde, Manel Solé, que esta semana coordinó la reunión de más de la mitad de aquellos padres de acogida que sirve de base para este reportaje.
“A nosotros nos convenció nuestro hijo Joan, que estaba todo el día en el ayuntamiento”, explica José, esposo de Consuelo Moreno, que a raíz de aquel primer viaje iniciaron una relación que siguen manteniendo con Sasha, el niño que lleva la gorra hacia del revés en la foto superior izquierda. “Nos tocó la lotería”, dice Consuelo.
También siguen en contacto Lorena Rubio y Natasha, las niñas que comen piruletas sentadas en el capó de un coche en el reportaje gráfico. “Aprovechó un viaje de trabajo con su marido y vino a conocer a mi bebé”, señala Lorena, quien anota que “ahora, con las redes sociales, es más fácil”. Los primeros años, la madre de su amiga tenía que llevar a traducir, y pagar por ello, las cartas que llegaban de La Granja.

Vint nens van viatjar de Saligorsk (Bielorússia) a la Granja d’Escarp el 1997.
Aunque no todo fueron flors i violes. “Mi historia es distinta”, explica Aurora Roca: “El primer año no participamos, y el segundo vino Igor El Terrible, que era amigo de nuestro hijo y que no se entendía con la familia del año anterior. Era muy listo, pero nos hizo sufrir. Teníamos tienda y bar, y se ponía a regalarlo todo y teníamos que llamarle la atención. Un día salió corriendo y un vecino lo atropelló”. “Es una experiencia muy bonita, pero no para repetir. Era mucha responsabilidad”, anota. “Es muy enriquecedor, pero la despedida se hace muy cuesta arriba”, anota Cuéllar.
Todas las familias coinciden en destacar los problemas iniciales para entenderse entre mayores y niños, aunque no tanto entre los chavales locales y los visitantes (se recomendaba que hubiera en la casa alguno de edad similar a la del acogido). “Nos dieron unos carteles con las expresiones básicas, y entre una cosa y otra nos entendíamos; era complicado, pero nos entendíamos”, recuerda Elena Moncada. También coinciden en destacar las dificultades para comunicarse en torno a la comida. Aunque, como en todo, hubo excepciones, como la de Igor: “El primer día se sentó en la mesa y se puso a decir ‘cocococo’ mientras movía los brazos... ¡Ya sabía lo que quería, ya! ¡Estaba pidiendo pollo”, recuerda Aurora entre risas suyas y del resto.

El refugi nuclear de la Granja
Los hermanos que pasaron por casa de Maria Antonia Gorrita tenían una relación chocante con la comida. “La mayor esperaba a que el pequeño probara los platos, hasta que no comía él no lo probaba ella”, recuerda. Mayor fue la sorpresa de hallar dos plátanos bajo la cama de la niña. “Escondía fruta para comérsela después, por la noche”, indica.
Cuando los muchachos llegaron a La Granja, Bielorrusia llevaba apenas un lustro separada de la Federación Rusa tras desaparecer la URSS, la renta per capita no superaba los 2.000 € y los usos consumistas eran, para la mayoría, algo más aspiracional que práctico. “El nuestro trajo ropa, y cuando lo llevamos a un supermercado nos dijo que ellos también tenían tiendas así”, narra Mari López.
Las economías tampoco eran boyantes en La Granja. “Vivíamos del jornal”, recuerdan. El ayuntamiento cubrió los gastos el primer año y los siguientes las familias obtuvieron apoyo de empresas del Segrià y el Baix Cinca. Pese a ello, los niños se llevaron de todo en el viaje de vuelta: pilas y cargadores, alguna caña de pescar para cuya compra ayudó la tienda de Lleida que la vendió y medicamentos. Y dinero: “Fui a Lleida a cambiar dinero y le dije al chaval: ‘tú de los zapatos no digas nada’. Llevaba 150 dólares”, narra Pascual Moreno Kubala.