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Pere Pena

Jaume Ferran, poeta entre dos mundos

El novelista y poeta Pere Pena define a Jaume Ferran como un autor entre dos mundos –América y Europa, catalán y castellano, cristianismo y Escuela de Barcelona, nostalgia y neoépica a la manera de Pound- y lamenta que su obra y su carácter no tengan el reconocimiento que merecen. “Carácter es destino”, le gustaba decir a Ferran citando a Heráclito

Ferran priorizó siempre la amistad por encima de los vedetismos poéticos, y eso quizás explica por qué la obra del poeta cervariense, o incluso la misma figura de poeta, se han ido medio desvaneciendo del imaginario colectivo.

Ferran priorizó siempre la amistad por encima de los vedetismos poéticos, y eso quizás explica por qué la obra del poeta cervariense, o incluso la misma figura de poeta, se han ido medio desvaneciendo del imaginario colectivo..

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Siempre es difícil aventurar qué suerte tendrá la obra de un poeta cincuenta años después de su muerte. No es fácil protegerse de la erosión del tiempo, ni siquiera en el caso de aquellas obras que, en vida, creíamos más consolidadas. Podríamos preguntarnos, por ejemplo, si poemas tan emblemáticos como Palabras para Julia o Pandémica y Celeste siguen interpelando de la misma manera las nuevas generaciones de lectores. Si el reto ya es complejo para poetas tan populares como J. A. Goytisolo o J. Gil de Biedma, todavía lo es más en el caso de autores con una obra mucho menos conocida, como Jaume –o Jaime- Ferran.

Cuando hablamos de los poetas de la llamada Escuela de Barcelona, enseguida pensamos en J. A. Goytisolo, en J. Gil de Biedma, en Carlos Barral, seguramente también en Gabriel Ferrater y quizás, con un poco de suerte, incluso Alfonso Costafreda; pero los nombres de Jaume Ferran, de Llorenç Gomis o d'Enrique Badosa es probable que se nos queden vacilante al borde del olvido, quizás un olvido momentáneo, provisional, pero la sombra del olvido es siempre el paso previo a la no existencia. Sin duda, la calidad de una obra es el factor principal que explica la popularidad, la difusión y la permanencia en el tiempo; pero hay otros elementos, quizás secundarios pero igualmente decisivos, en la construcción y la proyección de una carrera literaria.

Jaume Ferran (1928-2016) ha publicado trece libros de poemas, tres de poesía infantil, cinco de prosa infantil y tres volúmenes de memorias; en más de cinco antologías, tres ensayos de crítica literaria y varias traducciones y artículos. Una obra, sin duda, considerable. Sin embargo, es probable que muchos lectores de poesía, incluso especialistas en la Generación de los 50, lo recuerden más como antólogo –el autor del Antología parcial (1976), decisiva en la difusión de la Escuela de Barcelona- que no como poeta.

Definir a Jaume Ferran como un “poeta entre dos mundos” no es sólo una metáfora geográfica más o menos eufónica, fruto de haber vivido entre Europa y América, sino que se convierte en un motivo recurrente en la construcción de su identidad literaria. A diferencia de Goytisolo, Gil de Biedma o Barral, Ferran nace en el seno de una familia catalanohablante de la Segarra. No es una cuestión menor; quizás es la primera encrucijada decisiva. Cuando menos, es curioso que el primer libro que escribe, La primavera encendida, sea una recopilación de sonetos en catalán –hoy perdido– y todo el resto de la obra poética la desarrolle en castellano.

El mismo Ferran, en una entrevista publicada en el diario SEGRE (2009), explicaba cómo la diglosia que sufrió la cultura catalana después de la Guerra Civil determinó también su trayectoria literaria. Cualquier lector puede darse cuenta de que la voz de los poemas de Ferran no es exactamente la misma que respira a las memorias, escritas en catalán. Ni tampoco el nombre: el poeta se llama Jaime; el memorialista, Jaume.

Al lado del bilingüismo, hay otras facetas, más personales y quizás por eso mismo más relevantes, en la formación y desarrollo de su perfil literario. Una de ellas es la afición a la música. Según explicaba el mismo Ferran, buena parte de la vocación literaria arranca de las veladas musicales de la infancia, cuando con sus hermanos tocaban para los padres y los abuelos. Esta afición acabaría dejando huella no sólo en la búsqueda de una poesía eufónica, a menudo rimada, sino sobre todo en la necesidad de construir el poema a partir de una estructura equilibrada y armónica.

No parece arriesgado relacionar aquellas veladas familiares con la construcción de una obra literaria en que la vertiente musical infantil tiene un peso destacado. Junto con Gloria Fuertes, Ferran es el poeta de su generación que más ha escrito para niños. Entre poesía y prosa suma ocho volúmenes, algunos de los cuales premiados. ¿Qué aporta esta “polivalencia” a la hora de valorar la obra de un escritor? ¿Suma o resto?

Podríamos formular la misma pregunta delante de otra de las singularidades de Ferran: que fuera creyente practicante. Quizás él y Llorenç Gomis son los únicos poetas de la Promoción de los 50 que se han definido siempre como cristianos. No querría ahora detenerme a valorar la influencia del hecho religioso en su obra –ni tampoco las bromas que los compañeros de promoción hacían–, está bastante de mencionar el título de uno de los libros, Nuevas Cántigas (1967), para advertir la naturaleza poliédrica con que Ferran fue construyendo su bibliografía. Si además añadimos que, a partir de 1955, se convierte en un viajero forzado –pasó casi toda una vida como profesor a la Universidad de Syracuse, viviendo ahora sí “entre dos mons”–, se puede acabar entendiendo que escribiera una poesía bastante alejada de los parámetros generacionales.

La temática de los primeros libros –el viaje, la identidad escindida, la nostalgia y la búsqueda de arraigo – conforman una línea argumental nada habitual en las tendencias poéticas de los años sesenta del siglo pasado. Su obra poética posterior, influida en buena parte por la poesía neoépica de Ezra Pound, por la Teología de la Liberación y por una mirada serena –incluso conyugal– en el tratamiento del tema del amor, lo acabó consolidando como una voz desplazada y difícil de encasillar. Si a toda esta serie de circunstancias, sumamos además el rasgo específico del carácter – “carácter es destino”, decía Ferran citando Heráclito-, la personalidad de un hombre que priorizó siempre la amistad por encima de los vedetismos poéticos, podemos fácilmente adivinar por qué la obra del poeta cervariense, o incluso la misma figura de poeta, se han ido medio desvaneciendo del imaginario colectivo.

Jaume Ferran vivió –y escribió– entre dos lenguas, entre dos continentes, entre el poeta y el profesor, entre el centro y la periferia. Quizás esta condición liminar explica tanto la riqueza y singularidad de su obra como el poco reconocimiento obtenido: hoy, para el lector corriente, casi en el umbral del olvido. Ojalá que el libro póstumo que se presenta estos días, Vade mecum, sirva para reivindicarlo y releerlo sin prejuicios, no como una figura secundaria, sino como un caso revelador de todo aquello que la crítica y la banalidad de las modas tienden a dejar fuera de los cánones literarios y la historia.

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