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Ser proactivo es quitar la mesa después de comer sin que mamá tenga que recordarlo. Hay que coger el plato, tirar los restos a la basura, pasar un poco de agua y meter el plato en el lavavajillas, y repetir la operación con el vaso y los cubiertos. Después hay que recoger la jarra del agua, el pan y las servilletas. Es realmente sencillo y además es obvio que hay que hacerlo. Papá también puede recordarlo; para papá esa acción es ya ser un poco proactivo. Los padres tampoco son de los que se den mucha cuenta de que hay que recoger la mesa.

Ser proactivo es darse cuenta que hay que hacer una cosa y hacerla sin que nadie nos lo diga ni siquiera insinue; sobre todo sin que nadie nos lo ordene. Es sin duda una gran virtud que Stephen Covey ha catalogado como el primer hábito de las personas altamente efectivas. Lo contrario de ser proactivo, es ser reactivo, ir a remolque.

Ser proactivo es tener iniciativa. Pensar por uno mismo, sumar y no restar. Aportar, porque si no avanzas retrocedes, como recuerda San Agustín. Pero no vale que tiren de uno, eso es hacer trampas; como mucho, que nos den un empujoncito.

Para ser proactivo no hace falta hacerse mayor ni ser autónomo ni ser rico o independiente. Es simplemente una cuestión de voluntad y, sobre todo, de práctica. Es muy fácil olvidarse de ser proactivo, como es muy fácil perder la forma física.

Una de las principales excusas para no ser proactivo es considerarse un mandado o un pobre subcontratado. Yo solo hago lo que me ordenan y, por tanto, no puedo decidir nada. Eso es un magnífico autoengaño para no abandonar la zona de confort. No solo se puede actuar de motu proprio en muchos pequeños aspectos de la vida cotidiana, sino que incluso en las grandes organizaciones se puede tener una actitud proactiva y ser influyente. Es decir, se pueden proponer proactivamente una gran cantidad de mejoras o actuaciones. Solo hay que empezar proponiendo una acción o una modificación. Proponer es hacer partícipes a los demás de una idea positiva; es tan sencillo como decir: “He observado esto, le he dado vueltas al tema y me parece que podríamos obtener una mejora o un beneficio si actuamos en un sentido determinado o modificamos este procedimiento o esta costumbre”.

Todo el mundo puede aportar. En concreto las personas que efectúan una tarea son las que mejor la conocen y más tendrían que opinar al respecto. Hay que animar a esas personas a que cuenten las dificultades a las que se enfrenten y comenten cómo las resolverían. El buen líder debe promover la proactividad de su equipo. Es muy fácil hacerlo; basta con preguntar y tener en cuenta la opinión y las propuestas del equipo. La mejor forma de preguntar es visitar los puestos de trabajo, pisar el terreno. Hay que pasearse por la organización, por las oficinas y las fábricas, y estar en contacto con el equipo. No se puede conseguir proactividad y colaboración estando encerrado en un despacho, aislado. Hay que abrir el canal de comunicación y, para ello, hay que estar en contacto con la gente. Para que se produzca una colaboración, primero hay que haber establecido una comunicación, pero no hay comunicación sin contacto previo: contactar, comunicarse y colaborar.

Hay que premiar la proactividad, reconocerla y fomentarla. Todo el mundo puede aportar, puede influir, simplemente tiene que hablar, parece fácil pero no lo es. Como decía John F. Kennedy: “Un solo hombre puede cambiar el mundo, pero todo el mundo puede intentarlo.”

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