Caligrafía de una derrota
Los boleros de Antonio Machín y los tangos de Carlos Gardel suenan tristes a través de la radio, y se bailan con cierta nostalgia porque todo es incierto, hasta en lo personal, algo que va arañando melancólicamente y haciendo mella en ese matrimonio de un pueblo de la Valencia de la posguerra, y en cuya casa daba la sensación de que la tristeza se hubiese apoderado de las paredes desoladas y desnudas. Dos seres que ahorran peseta a peseta para la comunión de la hija. Ana, por la recomendación de un apesadumbrado marido, intenta ilusionar a la abuela falseando cartas escritas de un hijo ausente, contando fantasiosas historias de paseos y vida nueva en Buenos Aires. Misivas que va escribiendo aprendiendo la pulida y hermosa caligrafía de su cuñado, leyendo sus escritos guardados en un cajón, conociéndolo como nadie. Un hombre que regresará hambriento de la nada y que se mostrará tal cual es, y que desaparecerá de nuevo para regresar casado con una mujer embarazada que les irá narrando sus vivencias en Londres y de otra vida inventada por temor al fracaso, que da toques de modernidad a un lugar estancado en el tiempo.
Sobresale el gran trabajo de Loreto Mauleón como Ana, humilde modista de remiendos y dobladillos entre ese sonido tan antiguo como el de una máquina de coser, esposa y madre que todo lo ve, que contempla con prudencia la melancolía de la derrota moral en el contexto de una España represaliada, que levanta el día a día con cocina de supervivencia, de achicoria y cáscaras de naranja, y que hace milagros culinarios con apenas nada y que encima saben muy bien.
Ana asume como un lujo que no le pertenece entrar en un café para saborear una taza, algo que su cuñado le anima a hacer, o ver una película en el rabioso blanco y negro de una época opaca. También predomina el papel de Roger Casamajor, marido, trabajador, sólido y contenido, reservado en sus pensamientos, volcado en ayudar a un hermano que cree mejor que él, detalle que la vida irá desmontando y derrumbando como un castillo de naipes, en un papel bien construido por Enric Auquer, pieza discordante de esta crónica familiar.
En La buena letra la realizadora Celia Rico Clavellino adapta la novela de Rafael Chirbes con un estilo íntimo y que recuerda el cine del maestro, el director Víctor Erice de El espíritu de la colmena y de El Sur, aquellos extraordinarios retratos sobre un país que nunca quiso a aquella gente de silencios y sacrificios, que pese a sus soledades no quisieron en su fuero interno ser derrotados aunque no olvidaron, y fueron sabedores que cualquier tiempo pasado que les tocó vivir fue peor.