Angustia bajo el mar
Existen trabajos que infunden un enorme respeto, además de unas enormes capacidades físicas en los que los protagonizan.
El oficio que muestra la película Sin oxígeno es uno de ellos, el de los buzos especializados en realizar labores de mantenimiento en cualquier tipo de estructura que se encuentre en las profundidades marinas. Todo está controlado al milímetro, los días de acondicionamiento en cámaras presurizadas para después despresurizarse e irse familiarizando con la misión encomendada, y para soportar la presión a muchos metros bajo el mar recomponiendo partes defectuosas.
La oscuridad es total y se exige sincronización entre el barco que dirige la operación y los hombres que deben bajar, aquí, a más de noventa metros en el siempre amenazador mar del Norte, continuamente en estado de inclemente desafío.
Este trabajo deja muy a las claras que la vida está en juego por el más nimio detalle, por un golpe de mala suerte, por un tiempo muy limitado que aquí se hace eterno. La casi imposible historia real de Chris Lemons, del que se perdió toda esperanza de vida cuando sufrió un percance vital y tan solo tenía aire para diez minutos cuando se necesitaba más de media hora para rescatarlo, el realizador Alex Parkinson la convirtió en un documental en 2019, y ahora lleva este mismo hecho al campo del largometraje con actores muy metidos en su papel para hacernos pasar un muy mal rato que nos tensiona, nos preocupa, nos sumerge al lugar en el que la pesadilla se convierte en auténtica, donde los minutos son clave cuando el respirar ya no es posible.
Las escenas tienen esa atmósfera de indefensión, de sumo esfuerzo por parte de todos los personajes para lograr un milagro, y Parkinson añade momentos de la vida cotidiana al drama. Conocemos a ese joven buzo, a su novia y sus sueños, a sus compañeros de trabajo, uno experimentado pero parco en palabras y talante heroico, y otro, veterano, curtido en mil batallas a muchos metros de profundidad, que adivina que su tiempo profesional está llegando a su fin.
Sin oxígeno promueve ese fino hilo que separa la vida de la muerte, y su título ya es un spoiler en toda regla. Mantiene momentos con aire de documental que nos hará sufrir para finalmente, uno solo tener ganas de que haya un final afortunado para no salir de la sala hecho polvo, aunque la carga emocional que se pasa durante hora y media no te la quite nadie.