Desierto adentro
De entrada, el debut como realizador de largometrajes del chileno Diego Céspedes ya le valió en el pasado Festival de Cannes, en el apartado Un Certain Regard, el Premio a la Mejor Película, y ahora, una nominación a los Goya, y eso que La misteriosa mirada del flamenco no es una película fácil porque contiene un dramatismo intenso ya que encuadra a sus personajes en el lado marginal, aunque también con golpes de frescura y felicidad en el grupo que protagoniza esta historia sobre un tiempo en que la ignorancia, los prejuicios y una terrible enfermedad se adueñaba incluso del lugar más recóndito.
En el desierto chileno, en la década de los 80, un grupo de trans, junto a la veterana Mama Boa, regenta una cantina cabaret que alegra las noches con sus imitaciones de Rocío Jurado o con algún bolero. Incluso tienen un concurso de belleza, Miss Alaska, que siempre gana La Flamenco, la más bella trans del lugar, y que ejerce de madre adoptiva de Lidia, una niña de 11 años que es la piedra angular por la que transcurre esta película, feliz dentro del ámbito de protección que la envuelve y que a su vez es narradora de esta historia.
La misteriosa mirada del flamenco por momentos es cruda, seca y árida como el paisaje que la rodea, un lugar que enfrenta a los mineros contra esos seres que ven diferentes y malditos, que son capaces de cautivarte con la mirada como si se tratase de una maldición, aunque la verdadera afección radica en la propagación del virus del sida que comienza a manifestarse. Los mineros son hombres simples con doble moral, incluso la convivencia es amable cuando existe cercanía.
Un hecho luctuoso marcará a aquella niña y nacerá un deseo de venganza, de resentimiento, pese a que su destino sea el de alejarla de un ambiente represivo con marcado acento machista que recuerda a aquella película del mexicano Arturo Ripstein La ciudad sin límites (1978), en la que un travestido actuaba en un miserable tugurio en un pueblo perdido y al cuidado de su hija, y donde las tensiones afloraban sin remedio.
En algunos momentos, el lenguaje de la película de Diego Céspedes es tosco, entre el desparpajo y la sinceridad, esa chispa entre el humor y el olvido, y se construye una metáfora con momentos sumidos en la ensoñación, en la imaginería que nos acerca a una realidad que conmueve al ver esos seres abandonados en la discriminación, en la exclusión. Seres, por su parte, cargados de sentimientos, que han visto y sentido de todo en lo absurda que a veces es la vida y que sin embargo, ante la desgracia de un mal que los arrasa inexorablemente, no han perdido ni un ápice de dignidad y madurez.