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Una de las grandes citas de este pasado Jazzaldia de Donostia ha sido el concierto en la plaza Trinidad de la cantante y compositora Dee Dee Bridgewater, encabezando un potente cuarteto músico-vocal que completaron de forma impecable y con un trabajo técnico muy eficaz, la pianista Carmen Staaf, Rosa Brunello al bajo eléctrico, y la drummer Shirazette Tinnin. Hablar de la Bridgewater es hacernos de eco de una personalidad vital y musical imponentes que debutó hace seis décadas y en cuyo currículum constan aprendizaje, colaboración y trabajo de estudio o en directo, junto a grandes personalidades del género como Dizzy Gillespie, Dexter Gordon, Max Roach, Thad Jones o Sonny Rollins, por mentar algunos ejemplos notables, que ya vieron en los primeros pasos de la artista de Memphis unas cualidades y potencial fuera de lo común, como el tiempo ha acabado demostrando. También se ha compaginado como actriz y como activista social habiendo colaborado en diversas actividades y animado proyectos para la ONU y la FAO, contra el hambre mundial y la desigualdad, además de demostrar públicamente una actitud permanente de lucha contra el racismo y de defensa por los derechos e igualdad del pueblo afroamericano. En su actuación, con un impresionante sold out de público, muy entregado y activo toda la velada que se entusiasmó con las evoluciones y look arriesgado de la elegantísima y glamurosa cantante, pudimos comprobar su gran habilidad y registro vocales, con unas interpretaciones en las baladas. Llenas de profundidad y texturas, y en los tempos medios y alguno que otro más rápido y groove, mucha intensidad y fuerza, además, para gritar; porque para hacerlo también hay que saber y demostrar una mesura y control absoluto como los suyos. Entre los varios parlamentos reivindicativos que prodigó a lo largo y ancho del recital con una actitud de enérgica protesta, fue desgranando un hermoso repertorio en el que no faltaron clásicos propios junto a emotivos homenajes a algunas de sus más sentidas influencias artísticas. A saber, desde Roberta Flack, con un cover espléndido de Tryin Times, a Nina Simone de quien interpretó la estremecedora Mississippi Godman, compuesta en 1963 tras el asesinato en Birmingham, Alabama, de cuatro niñas negras en una iglesia bautista a manos de violentos supremacistas blancos. La palma, no obstante, se la llevó su recuerdo a la gran Billie Holliday, con una versión sencillamente espeluznante de su Strange Fruits, que nos puso la piel de gallina a todos los presentes y a ella misma, que no pudo contener lágrimas tan sentidas de emoción al concluirla. Nadie como ella, sin duda, es capaz de canalizar con su poderosa música, tanta expresión de frustración, rabia y dolor. No querría acabar estas líneas sin destacar el enorme talento melódico y la fuerza escénica de esta solista que, aunque ya tan veterana, es capaz aún, sin embargo, de hilvanar un espectáculo total sin pérdida alguna de ritmo en su hilo discursivo y espléndido en cuanto a feeling y a capacidad de conexión con los espectadores. Incluso, por su buen humor y empatía, apareciendo en las postrimerías del show para regalarnos junto a su banda varios bises, portando en brazos a su peludo y simpático caniche blanco que suele acompañarla a menudo del uno al otro confín del mundo. ¡Grandísima, Dee Dee Bridgewater!

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