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En el contexto de celebración del Any Viñes y organizado por la Paeria, el reciente concierto del dúo formado por la pianista Jordina Millà y el percusionista Vasco Trilla, celebrado en un marco inhabitual pero precioso como la capilla del Museu de Lleida, constituyó una de las experiencias sonoras más sugerentes y renovadoras que se nos ha ofrecido en Lleida en los últimos tiempos. Más allá de una simple actuación, podríamos describirlo como un acto de escucha profunda y una declaración estética en toda regla, además de constituir un viaje colectivo hacia territorios sonoros insospechados. Desde los primeros compases y ¿notas?, Millà y Trilla impusieron una presencia escénica que desafiaba cualquier expectativa convencional. La pianista, con un dominio técnico que roza lo superlativo, no se limita a pulsar teclas, pues explora el piano como si fuese un universo completo de resonancias ocultas, zambulléndose en su extensión con delicadeza y contundencia a partes iguales. Trilla, por su parte, despliega en sus percusiones una sensibilidad extraordinaria, provocando timbres y matices que transforman la noción tradicional de ritmo. Ambos demostraron compartir una escucha casi telepática para convertir cada gesto en respuesta y cada pausa en posibilidad. Su trabajo musical conjunto –atemporal, imprevisible, sorpresivo– rehúye los moldes canónicos y cualquier encorsetamiento formal. No hay estructuras repetidas, ni melodías preestablecidas, prevaleciendo una lógica interna de flujo y retorno, de tensión y disolución. Esta libertad interpretativa no es casual. En sus respectivas trayectorias, la vienen practicando con fruición desde hace tiempo, y cuando han empezado a juntar sus caminos para colaborar, hacen más obvio su empeño común por expandir los límites de la improvisación contemporánea sin atisbar límites y encontrando nuevos cauces expresivos fuera de los circuitos más ortodoxos del jazz o la música experimental. Desde su primer encuentro, han ido perfilando un lenguaje mutuo que desafía las categorías habituales, sustentado en la confianza mutua y en un afán por reinventar las relaciones entre sonido, silencio y espacio acústico. Ante una muy escueta presencia de público –no por falta de interés sino por lo limitado del espacio disponible– la química entre ambos fue palpable desde la primera pieza. Mientras Millà se volcaba en motivos fragmentarios que parecían surgir de la nada, como si la memoria del piano se desplegase en espirales, Trilla respondía, a partir de pequeños objetos metálicos a los que iba variando de posición, con un abanico de timbres imposibles, golpes suaves que resonaban como campanas distantes y rozamientos sutiles que parecían suspender el tiempo. A medida que fue avanzando la sesión, se hizo evidente que no se trataba de una mera improvisación libre en sentido técnico, sino de un diálogo en continuo repliegue sobre sí mismo, en la que cada intervención era, simultáneamente, pregunta y respuesta. El público, absorto, asistimos a una transformación perceptiva en la que el sonido dejó de ser una simple expresión auditiva para convertirse en un fenómeno auténticamente viviente. Lo que con otros protagonistas habría sido puro virtuosismo efectista, aquí se tornó un ejercicio de atención radical, en el que las resonancias más humildes alcanzaban la misma importancia que los gestos más intensos. En fin, dos artistazos confirmándose como figuras destacadas de la música experimental y de vanguardia, no solo por su calidad técnica sino por la absoluta audacia de su propuesta estética.

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