Experiencia memorable
La sala La Mercantil de Balaguer acogió nuevamente una de esas veladas musicales que reconcilian al aficionado con la esencia del jazz mainstream. Nos referimos al encuentro entre dos grandes saxofonistas como el estadounidense Scott Hamilton y el barcelonés Toni Solà, en un quinteto completado por otros tres magníficos estilistas como el pianista Gerard Nieto, el contrabajista Ignasi González y el baterista Xavier Hinojosa, todos ellos viejos conocidos de la afición jazzística ponentina.
jazz
El concierto, última parada de una gira de varias fechas –València, Mataró, Terrassa, Girona y Balaguer–, confirmó no solo la vigencia de sus respectivos lenguajes jazzísticos, sino también una compenetración bien forjada en la carretera y por ocasiones anteriores coincidentes. Hamilton, fiel a su sonido amplio, aterciopelado y profundamente enraizado en la tradición de Ben Webster o Coleman Hawkins, desplegó ese pulso relajado que parece flotar ligeramente por detrás del tempo con una autoridad serena y sin aspavientos. Cada balada fue un ejercicio de lirismo contenido, de respiración larga y narrativa clara y su swing, natural y sin esfuerzo aparente, marcó el tono de la velada. A su lado, Solà aportó un contrapunto atinado mediante su sonido robusto, articulación precisa y un discurso más incisivo y con un punto de energía contemporánea que dinamizó las conversaciones entre ambos saxos. El repertorio –temas poco escuchados pero suculentos de gente como Bill Potts, Harry Edison, Chano Pozo, Cole Porter, Gene Ammons o Blue Mitchell, entre varios más, permitió lucir la química grupal de todos y sus diversas personalidades interpretativas. En el piano, Nieto sostuvo con elegancia armónica cada intercambio, alternando fraseos sutiles con solos de línea clara y lógica impecable. González ofreció un contrabajo sólido y cantarín, de pulso firme y sonido redondo, verdadero eje de cohesión de todo el conjunto. Por su parte, Hinojosa nos mostró una batería de escucha atenta, con escobillas delicadas en las baladas y una interacción siempre musical y sin excesos de protagonismo. Por destacar algo en una sesión casi perfecta, la naturalidad del diálogo entre los dos líderes quienes, lejos de cualquier duelo competitivo, se movieron muy bien en términos de complicidad. Se percibía la madurez artística y la confianza mutua, con entradas limpias y perfecta coordinación, finales perfectamente respirados y dinámicas orgánicas reseñables. El público respondió con entusiasmo a una actuación que celebró el jazz como conversación, tradición viva y placer compartido. En La Mercantil balaguerina quedó claro que, cuando el oficio se une a la sensibilidad y al respeto mutuo, el resultado trasciende lo meramente correcto para convertirse en experiencia memorable y, en ocasiones, única.