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CRÓNICA POLÍTICA

Castigados a una España más polarizada

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Menudo negocio el de repetir elecciones. De la odisea de intentar romper el bloqueo, salimos solo con una certeza: España está más polarizada que antes. Mal asunto. “Del bipartidismo hemos pasado al bibloquismo”, define José Pablo Ferrándiz, sociólogo de Metroscopia. “Ese bibloquismo facilita el trasvase de votos de la derecha tradicional a la extrema derecha, porque el centro desaparece”, explica. Vale eso para España en su conjunto y para casi todas sus Comunidades Autónomas, especialmente para Cataluña. Allí la CUP, con sus propuestas, ha movido a las otras candidaturas independentistas, Junts per Catalunya y Esquerra Republicana, a radicalizarse. Lo mismo que ha hecho Vox en el resto de España con el Partido Popular y Ciudadanos, empeñados en “blanquear” sus excesos anti constitucionales. Además, Vox crece gracias a la aparición y justificación de violencia en las calles de Barcelona –hay un nacionalpopulismo en castellano y otro en catalán– mientras que el independentismo se endurece con su propuesta de ilegalizar a los partidos que quieran romper la unidad de España. Esta tendencia era así antes de repetir elecciones, cierto; pero la campaña, encadenada a la reacción por la dura sentencia del Procés, y finalmente a las votaciones, mueven la fotografía. La España post 10 de noviembre está peor que la que dejamos atrás. Felicidades por su visión a los que nos han llevado hasta aquí.

En mayo de 2016, la entidad Sociedad Civil por el Debate exigía en un Manifiesto: “Gobierno sólido ya, o relevo de políticos.” Por entonces se citaba en ese texto que el Círculo de Empresarios afirmaba que el fracaso de los políticos en cumplir objetivos merecería su despido en una entidad privada. Algunos de aquellos nombres son los mismos –Sánchez, Rivera e Iglesias– y se les han unido Casado, en sustitución de Rajoy, más Abascal, los dos repetidores ya, porque también concurrieron y fueron copartícipes del fracaso de formar gobierno tras el 28 de abril. No hemos tenido suerte con esta camada de líderes, ciertamente.

Albert Rivera ha cerrado campaña ofreciéndose a desbloquear la situación, aunque sea desde la oposición. Muy de agradecer; pero en abril, con lo mismo, hubiera merecido la consideración de hombre de estado. Como se ha escrito, Rivera perdió entonces la oportunidad de ser “vicepresidente eterno” de España, como el liberal alemán Hans-Dietrich Gensher fue durante 16 años ministro de Exteriores colaborando a la formación de gobiernos de coalición con democristianos o socialdemócratas. De hecho, Rivera era el heredero natural del “segundo Adolfo Suárez”, el del CDS, obsesionado en crear un partido de centro capaz de apoyar al Partido Popular o al PSOE para evitar el “vampirismo” de tantas transferencias exigidas por los nacionalistas. A Suárez le fallaron los números (no fueron necesarios sus votos en 1986 porque Felipe González repitió mayoría absoluta) y quebró su salud y la de su familia. Pero Rivera tuvo esa oportunidad, con solvencia aritmética y con salud, y la desaprovechó en abril del 2019. Gran ocasión perdida para él y para el país.

Esta será una campaña electoral que pasará a la historia por el aluvión de noticias falsas que la han ensombrecido. Un error táctico garrafal de todos los partidos hizo que a Abascal nadie le replicara, en el debate de la Academia TV, la colección de falsedades que lanzó. Se paseó a caballo entre los atriles sin que nadie le advirtiera que estaba pisando el césped de la verdad. Falso es que el 70 por ciento de los violadores sean extranjeros, como dijo, si el 71 por ciento de los detenidos son españoles. O que las autonomías cuesten 70.000 millones de euros al año; si se transfirieron las competencias de Sanidad y Educación porque, duplicidades e ineficiencias aparte que deberían corregirse de inmediato, ese gasto lo hubiera tenido de igual modo el gobierno central.

Así hemos llegado hasta aquí. Y a ver cómo nos sacan de esta. Si no saben, que dejen paso a otros. Nadie es imprescindible.

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