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Vicente Gallego (Valencia, 1963) ha publicado los libros de poemas Santa deriva (premio Fundación Loewe y premio Nacional de la Crítica), Cantar de ciego, Si temiérais morir, Cuaderno de brotes, Saber de grillos, Ser el canto y A pájaros y migas. También ha sido ensayista acerca de la “naturaleza original de la realidad”. En un poema que le dedicó uno de sus principales maestros, Francisco Brines, se le ofrece el siguiente consejo: “…quiero decir que dejes / las palabras gastadas, bien lavadas, / en el fondo quebrado de tu alma, / y que, si pueden, canten”. En efecto, esta atinada e intensa poética puede detectarse en este gran libro de haikus. La humanidad de todos sus versos se alimenta de ese “fondo quebrado”. Una vez herida el alma, la producción poética, el canto, se disparan.

“Venas azules, / ya gruesas y cansadas, / madre, en mis manos.” El poeta habla desde la dignidad de la edad. “Más de mil vidas”, dice la cita de Antonio Moreno, y esto es lo que se nos antoja Un gramo menos: una reunión desaforada de sabiduría. Pensamos en las palabras de Javier Egea: “Pequeño pueblo en armas contra la soledad.” Así, el libro de Vicente Gallego es un “pueblo”, una novela viva. No obstante, todos estos haikus se alían también para formar un autorretrato. Y no es la desesperanza la que triunfa. Pues el mundo, según el poeta, está llamado a sobreponerse a la inquietud y al desasosiego. La clave radica en que este mundo se puede cantar.

El canto como maniobra clave, en medio de esta irrealidad de lo real, que diría Álvaro García. Limpieza de honor, orden vital, infancia como reino, recuerdos y profundidad de lo cotidiano… Todos estos elementos conducen a una arquitectura del afecto. El mar, Dios y la infancia, la delicadeza de la decadencia de las cosas, la capacidad de unir a los hombres… Todo conlleva una apuesta por lo vivo. Como dice uno de los últimos haikus del libro: “Me he dicho hoy: / ‘qué sabes tú de cierto / sino que amas’.” El hombre es un ser dispuesto en principio para la creencia, puesto que ha nacido al mundo y sus ojos abiertos se han topado con una realidad cierta. Sentirse derrotado ante las cosas comporta a menudo un prisma equívoco.

Editorial Milenio, 109 p.

Pues, a pesar de todo, si hay suerte, el mundo puede ser y puede aspirar a ser “Esa primera / bandada tras la lluvia, / surcando el claro.” Y todo enriquecido por esa luz del sol, misterio sobre la variedad de las cosas, sobre sus matices, que se entrelazan con la inquietud del hombre. El optimismo no deja de ser una opción. ¿Pero somos libres? La cuestión es que la pulcritud formal de todas estas piezas poéticas, su hábil maniobrabilidad, nos envuelven y embriagan de tal manera que las dificultades de la existencia pierden fuelle. ¿Nos enseña la pulsión de este dominio técnico literario a formular nuestros propios dominios técnicos en el ámbito de la vida cotidiana? Sin duda alguna. Y un claro la luz se abre ante nosotros. He aquí una lección de armonía.

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