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La dictadura retrógrada de los ayatolás en Irán está en jaque a raíz de las protestas multitudinarias que se han desatado en múltiples ciudades de las 31 provincias del país por la pésima situación económica. Cuarenta y siete años después de la revolución islámica, esta pasa por sus momentos más difíciles, lastrada por su incompetencia, su intolerancia y por las sanciones internacionales. Los jóvenes, que no han conocido otra forma de gobierno, son los que lideran las movilizaciones, ante las que el régimen ha reaccionado con una sangrienta represión, que según las organizaciones humanitarias ya se ha cobrado más de 500 vidas, además de cortar internet para evitar que sirva como medio de difusión de las manifestaciones. La incógnita es si esta vez le bastará la fuerza bruta para sobrevivir. No hay que olvidar que en 2022 ya hubo grandes disturbios tras la muerte de la joven Masha Amini a causa de las heridas que sufrió al ser agredida por los miembros de la policía de la moral, que la detuvieron por no llevar velo en la vía pública, obligatorio por ley. Entonces, la represión acabó sofocando las protestas, a la vez que se suavizó un tanto la aplicación de esta norma discriminatoria para las mujeres. Uno de los principales obstáculos para un cambio político es la falta de líderes indiscutibles en la oposición, lo que dificulta articular una alternativa, precisamente lo contrario que sucedió en 1979, cuando el ayatolá Jomeini se hizo con el poder derrocando al sha. Y mientras, Donald Trump volvió a señalar ayer que el ejército estadounidense está estudiando “muy seriamente” intervenir en Irán, argumentando que “parece que hay algunas personas asesinadas que no deberían haberlo sido”. El régimen iraní es simple y llanamente execrable, pero confiar en que Estados Unidos llevará la democracia a este país parece utópico. Basta recordar lo que sucedió en Irak o Afganistán, y lo que acaba de ocurrir en Venezuela. Trump no se mueve por los derechos humanos, sino por su interés, y las posibilidades de que aumente la inestabilidad mundial cotizan al alza.

Obstáculos al coche eléctrico

El desarrollo y la venta de vehículos eléctricos van avanzando progresivamente, aunque a un ritmo menor del que se preveía hace un tiempo. Al margen de cuestiones como su precio o autonomía, una de las dificultades para su proliferación es la falta de puntos de recarga de la batería. Para dar servicio a un parque automovilístico como el actual se necesitarían muchas electrolineras y cargadores en la vía pública, así como resolver los problemas existentes para instalarlos en los parkings de los bloques de viviendas, ya que la mayoría no están preparados para facilitar este servicio.

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