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La unión hace la fuerza. La Fira de l’Oli de Les Borges Blanques ha reunido por primera vez las cinco denominaciones de origen protegidas del aceite en Catalunya: Garrigues, Siurana, Terra Alta, Baix Ebre-Montsià y Empordà. “Cooperar para competir”, en palabras del conseller de Presidencia, Albert Dalmau, que inauguró el viernes el certamen. De esta forma la feria se reivindica como la gran referencia del sector y exhibe músculo en un momento clave. Después de años de extrema volatilidad y tensión, la estabilización del precio del aceite de oliva ha devuelto una cierta calma a los mercados y a los productores. Tras alcanzar cifras inéditas a finales de 2023 y principios de 2024 –con precios en el lineal de los supermercados que llegaron a los 15 euros por litro–, el llamado oro líquido se convirtió en un producto poco accesible para una parte significativa de la población. Las consecuencias fueron inmediatas: una caída brusca del consumo, especialmente en los hogares de menor renta, y una creciente desafección del consumidor ante un producto básico de la dieta mediterránea. Los datos son elocuentes. En el momento álgido de los precios, el consumo en los hogares catalanes se desplomó más de un 27% interanual. Sin embargo, la moderación registrada a lo largo de 2025 ha permitido recuperar buena parte de ese consumo perdido, situándolo de nuevo cerca de los niveles previos a la sequía. Esta evolución confirma dos realidades incuestionables: por un lado, que el aceite de oliva sigue siendo un producto de alto valor y fuerte arraigo cultural; por otro, que el consumidor no tolera bien los vaivenes extremos de precios, especialmente cuando no percibe una relación clara entre coste y valor. La normalización del precio en origen, estabilizado en torno a los 4,5 euros por kilo –más de un 50% por debajo del pico de 2024–, ofrece un respiro, pero no puede ocultar los retos estructurales del sector. Los costes de producción se han incrementado de forma sostenida y amenazan la rentabilidad de las explotaciones si los precios continúan ajustándose a la baja. Al mismo tiempo, el cambio climático introduce una incertidumbre creciente en las cosechas, con producciones cada vez más irregulares y previsiones que ya se han revisado a la baja para la presente campaña. En este contexto, la Fira de l’Oli y el fortalecimiento de las denominaciones de origen juegan un papel clave. No solo contribuyen a poner en valor la calidad del producto, y el esfuerzo del territorio, sino que refuerzan una estrategia basada en el valor añadido, la diferenciación y la proximidad al consumidor. Y eso ocurre coincidiendo con la firma en Asunción del polémico acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, que abrirá el aceite de oliva a nuevos mercados. Una oportunidad que debe ir acompañada de garantías claras para proteger al sector frente a la competencia desleal.

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