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Boomerismo ilustrado: Enciclopedia Encarta, nuestra Wikipedia del pasado

O cuando ser culto sólo ocupaba 700 MB y un lector de CD-ROM: adiós biblioteca del comedor

Boomerisme Il·lustrat: Enciclopèdia Encarta, nuestra Wikipedia del pasado

Boomerisme Il·lustrat: Enciclopèdia Encarta, nuestra Wikipedia del pasado

Joan Teixidó
Lleida

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Tomad papel y libreta, queridos lectores de lo vintage, que hoy os pediremos que nos expliquéis la vida y obra de Otto von Bismarck. Si estos deberes os hubieran pillado en los años 90, solo haría falta que fuerais al mueble del salón donde está la Enciclopedia, tomarais el tomo pertinente y buscarais por orden alfabético. Si os hubiera pasado durante la primera década de los 2000, os lo habrían solucionado Google y la Wikipedia; y años después, el ChatGPT. Pero hubo una época que cayó entre el libro de treinta kilos y la Wikipedia de Jimmy Wales. Sí, amigas y amigos: hoy hablamos de la Enciclopedia Encarta. 

La Encarta era mucho más que una enciclopedia; era el certificado de modernidad de la clase media. Era el símbolo de tener un ordenador con su mueble auxiliar y el CD-ROM de Microsoft al lado del Prince of Persia. Entrar era toda una experiencia: el sonido de arranque nos abría las puertas al mundo del conocimiento en lenguaje multimedia, donde podíamos tanto leer la biografía de nuestro hombre, von Bismarck, como visionar un vídeo de pocos segundos de la llegada del hombre a la Luna. 

El corazón del programa era su motor de búsqueda indexado. A diferencia de Google, que navega en un océano infinito, la Encarta era un jardín cerrado. Cuando escribíamos “Egiptología”, el programa saltababa entre los sectores físicos del disco. Era una arquitectura de hipertexto primigenia: cada palabra en azul era un vínculo que nos lanzaba a otra entrada. Aquella navegación no lineal fue nuestra primera lección de pensamiento lateral informático; quizás empezábamos leyendo sobre Dalí y terminábamos, vete a saber cómo, descubriendo la fotosíntesis. Además, hay que tener en cuenta que la Encarta operaba en un entorno en el que un disco duro habitual tenía pocos megas de capacidad. Un milagro que para optimizar el espacio, Microsoft utilizara una compresión que lo pixelaba absolutamente todo. 

Moverse por ella regalaba momentos de pura orfebrería digital. El Atlas Interactivo era una joya: una bola del mundo que podías hacer girar y hacer zoom hasta que los píxeles se volvían cuadrados del tamaño de un puño. Era una rotación precalculada, pero para nosotros significaba libertad total. Y, por supuesto, estaba la integración perfecta con el entorno Windows y los Pentium de la época. 

La Encarta era también estructura. Estaba organizada en categorías taxonómicas que respetaban el orden clásico de las ciencias y las letras, pero con el botón “Atrás” que nos permitía deshacer el camino. Quizás fue de los primeros navegadores por la cultura general, una herramienta que nos enseñó que para encontrar una respuesta primero se debía saber tocar la tecla adecuada. 

Pero eso no es todo: poca gente entraba en la Encarta para saber la densidad de población de Uzbekistán, y muchos iban por el MindMaze, un juego de preguntas y respuestas situado en un castillo medieval donde teníamos que responder cuestiones sobre el mundo para poder avanzar niveles. Era la gamificación antes de que existiera la gamificación. Un Trivial digital. 

La Encarta murió, como mueren todas las cosas. Internet se hizo fuerte, apareció la Wikipedia y eclipsó el rigor de la Encarta de Microsoft, que quedó obsoleta. En 2009 cerró el chiringuito.

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