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El filántropo indiano

El 8 de junio se cumplen 125 años del nacimiento en Mequinensa de Joaquín Torres, cuyo legado ha pagado más de 800 becas a universitarios locales. Editor con vínculos libertarios, publicó nueve libros propios, todos de viajes

Joaquín Torres emigró a Argentina en 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera.

Joaquín Torres emigró a Argentina en 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera.

Lleida

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Ya tenía aquí relación con la CNT y con los libertarios, que tenían mucha presencia en Argentina en aquella época”, explica Javier Barreiro, escritor, divulgador y catedrático de Literatura que ha indagado en la trayectoria de Joaquín Torres, el indiano de Mequinensa cuyo legado de cien millones de pesetas para crear una fundación ha permitido en los últimos 34 años entregar más de 800 becas a universitarios del pueblo por un montante superior al millón de euros.

El próximo lunes se cumplen 125 años de su nacimiento en el Poble Vell, el que a comienzos de los años 60 engulliría el Ebro casi por completo al cerrar la empresa hidroeléctrica Enher los desagües de la presa de Riba-roja, y a lo largo de este año cien de su llegada a Argentina, donde desembarcó en 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera, como delegado de la editorial Espasa. Había salido de Mequinensa cinco años antes, cuando fue destinado a Madrid para hacer el servicio militar, y tardaría casi 30, hasta 1955, en regresar.

En ese tiempo desarrolló “una carrera vertiginosa” en la que añadió a su cartera de representación en latinoamérica a editoriales como Seix Barral o Cervantes, con las que combatió la extendida piratería de la propiedad intelectual que llevaba a reeditar sin derechos en los países de habla hispana los éxitos literarios que iban saliendo en España. Poco después, en 1931, se hacía con el sello Editorial Juventud Argentina y ante los problemas de suministro derivados de la Guerra Civil y la Segunda Mundial, optó por poner en marcha su propia librería con almacén.

“A comienzos de siglo era la librería más antigua de Buenos Aires, estaba en San Telmo, en un edificio del siglo XVIII”, recuerda Barreiro, que la visitó en torno a 2008. “Hizo una carrera vertiginosa, pero no me cabe en la cabeza que pudiera hacer una fortuna vendiendo libros. ¡Eso es de héroes!”, anota.

También los escribía. La obra de Torres incluye nueve libros de viajes editados entre 1955 y 1981 que recogen sus periplos por el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo, por el Mediterráneo, el Pacífico y el Caribe, por América y por África, por el Ártico y la Antártida y por Rusia y otros países socialistas o por China y otros países comunistas y capitalistas. “Son libros bastante interesantes. Era muy obsesivo con los detalles y los datos, y se leía fácil”, señala Barreiro, quien destaca el interés de ese tipo de obras: “Entonces no viajaba la gente, había que ser muy rico para poder viajar”.

En uno de esos viajes, en 1955, regresó por primera vez a Mequinensa, que todavía seguía a orillas del Ebro como los doce siglos anteriores, y visitó también Zaragoza. “La ciudad de aquellos años le resultó fascinante”, añade.

Todavía haría más visitas a su localidad natal, de la que es hijo predilecto y donde reposan sus restos tras fallecer en agosto de 1991.

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