SEGRE

MÚSICA

Con la boca abierta

crítico musical. El cantaor Niño de Elche puso el domingo su singular acento musical a la inauguración del renovado festival Poesia Lleida. Brighton 64 pasó el sábado por el Cafè del Teatre en su gira de despedida

El Niño de Elche, en un momento de su actuación el domingo en el Teatre de l’Escorxador de Lleida. - J.C.

El Niño de Elche, en un momento de su actuación el domingo en el Teatre de l’Escorxador de Lleida. - J.C.

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El concierto de Francisco Contreras Molina, más conocido por El Niño de Elche, en la jornada inaugural el pasado domingo del festival Poesia Lleida, organizado por la Paeria –recién remozado para darle más gancho y llegar a un público más transversal–, no fue un simple recital al uso, sino un acontecimiento escénico que tensionó los límites entre música, teatro y performance. Lejos de ofrecer un cante reconocible para el consumo cómodo, este artista, a quien gusta autodenominarse ‘exflamenco’, desplegó un lenguaje propio, incómodo y lúcido a la vez, que convierte cada show en un territorio de riesgo continuo y cierta provocación. La singularidad de su propuesta reside en una voz que no se limita a cantar, sino que piensa en voz alta y transmite toda clase de sentimientos. El cante aparece despojado de ornamento, a veces casi gemido hiriente que se cruza con silencios, recitados, gestos mínimos y momentos de teatralidad que rompen la lógica del concierto tradicional, fusionando flamenco, poesía contemporánea, ruido y reivindicación, que conviven sin jerarquías, construyendo una poética propia que descoloca al oyente acostumbrado a estructuras mucho más previsibles. A su lado, el guitarrista Emilio ‘Caracafé’ y la palmera y percusionista australiana Nasrine Rahmani no ejercieron de mero acompañamiento, sino de contrapunto escénico. La guitarra alternó pasajes de raíz jonda con pulsiones casi abstractas, sosteniendo y a la vez cuestionando la voz. Las palmas y percusiones, lejos de marcar un compás ortodoxo, introdujeron quiebros, silencios y desplazamientos rítmicos que subrayaron la idea de un flamenco en permanente estado de revisión. Entre los tres, en constante penumbra de luces apenas tenues, interpretaron y generaron una tensión creativa que convirtió el escenario en un espacio vivo e impactante, alejado del formato clásico de recital, dejándonos a todos con la boca abierta. Esa permanente radicalidad suya de formas y expresión explican por qué es objeto de incomprensión y ataques por parte de los sectores más ortodoxos del género. Para quienes conciben el género como un territorio de preservación casi ancestral, su manera de intervenir el cante –alterando timbres, dinámicas, tempos o contextos escénicos y añadiendo toda clase de aditamentos vocales y teatralidad– se percibe, poco menos, que como una traición inaceptable. Sin embargo, su trabajo no nace del desprecio a la tradición, sino a partir de un diálogo crítico con ella: a saber, un intento honesto de activar el flamenco en el presente y de sacarlo de cualquier lugar cómodo para devolverle su capacidad de conflicto y experimentación. En Lleida no hubo complacencia, sino riesgo, y en ese riesgo, precisamente, residió la potencia de este verdadero outsider ilicitano del jondo que ha decidido asumir el precio de la incomodidad general para seguir ampliando el campo de lo posible dentro –y fuera– del flamenco.

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