Vistas desde el andén
Abogado. Doctor en Derecho. Profesor Asociado D. Penal UdL
Entrar en cualquier estación, en este caso, en la de Atocha, con la intención de tomar el AVE dirección Lleida es, hoy en día, una experiencia que, más allá de rutina, genera incertidumbre. Llegar con antelación –como recomiendan los carteles–, cargar maletas con ropa para varios días, documentación, ordenador y alguna lectura pendiente forma parte de una liturgia cada vez más habitual para muchos profesionales que trabajamos entre ciudades.
Aquella semana, marcada por señalamientos judiciales repartidos en semanas de jornadas alternas en la Audiencia Nacional, ya venía condicionada por un contexto poco amable: protestas sanitarias, movilizaciones de agricultores y transportistas, reivindicaciones por el precio de la vivienda, etc. y todo confluyendo en un tráfico denso que alargaba trayectos y paciencias. A la llegada a la estación, obras, polvo, aglomeraciones y pantallas anunciando retrasos. Más de dos horas de espera que acabarían siendo bastantes más a causa del temporal que afectaba a Cataluña. Avisos de cambios de tren, carreras improvisadas y pasajeros arrastrando equipaje y resignación hasta la puerta de embarque. Una vez en el vagón, el cansancio gana la partida y el trayecto se convierte en una pausa obligada. Al despertar, ya en destino, aparece esa sensación tan contemporánea de queja automática: los trenes que no llegan a su hora, la insuficiencia de sanitarios, el estado de las autovías, el abuso del precio de las cotizaciones, el precio de la cesta de la compra, la vivienda –en propiedad o alquiler–...El catálogo es conocido. Pero, en medio de ese ejercicio casi reflejo de lamento, surge una comparación inevitable con generaciones anteriores: qué hacían, cómo vivían, qué oportunidades tenían, si se vivía mejor o peor que ahora (que le pregunten a un preso, a un trabajador asalariado o, incluso, a un enfermo, en qué cárcel, empresa u hospital le gustaría estar, en el que era propio de otras generaciones pasadas o en las actuales). Es obvio, como dirían mis hijos, y es que la conclusión, guste más o menos, es que el presente –con todas sus imperfecciones– ofrece condiciones de vida, opciones y derechos que nunca antes habían estado tan extendidos. Quizá por eso, más que instalarse en la queja, se impone una mirada constructiva: seguir avanzando, contribuir –cada uno desde su ámbito– a mejorar lo que no funciona y reforzar, o al menos salvaguardar, lo que sí. Es legítimo señalar las dificultades del presente, pero no deberíamos olvidar que vivimos en una de las épocas con más oportunidades colectivas y el reto no pasa solo por criticar, legítimamente, sino por comprometernos a mejorar nuestra propia parcela y hacerla más amable para quienes vendrán.