Lágrimas desbocadas
En casa caímos en la tentación, infligiéndonos, voluntariamente, claro está, de ver en directo el último programa de No somos nadie de TEN. Bueno, no podemos decir que nos aburrimos, y también aprendimos algo: cómo no debe hacerse un programa de más de dos horas para despedirse de la audiencia, poca tienen, sí, pero alguna, seguro. Fue un mastodóntico ejercicio de antiperiodismo, con egos desbordados, lágrimas impostadas buscando además la de los espectadores, y, por supuesto, sin ninguna autocrítica. Es más, el mensaje que desprendieron fue el contrario: “Después de todo lo que hemos hecho por vosotros, van y nos cierran.” Recordaron lo mejor de sus 377 programas intercalando cortes de madres, abuelas y familiares de los colaboradores y de supuestas fans del programa lamentándose en plan: “¿Y ahora qué haremos por las tardes?” Los últimos minutos tampoco fueron originales. Ya los mostró Ibáñez Serrador en el adiós del Un, dos, tres. Apagando los focos del pisito y bajando una persiana de los locales del barrio. Ellos no tienen, tienen portal.