El 8-M y la Rebelión del Individuo: Más allá del Relato Institucional
Durante la última década, el 8 de marzo ha pasado de ser una jornada de reivindicación por la igualdad real a convertirse en el máximo exponente de un feminismo politizado y colectivista. Sin embargo, las cifras de los últimos años —con una caída drástica en la participación— sugieren que el "relato oficial" ha chocado frontalmente con la realidad de una sociedad que empieza a rechazar la tutela ideológica.
La falacia de la opresión sistémica
El discurso actual se sostiene sobre la premisa de una falaz opresión sistémica que, en el marco normativo español, carece de sustento legal.
El relato institucional ideologizado se ha visto obligado a refugiarse en conceptos abstractos para mantener viva la polarización.
Lo que debiera ser el anhelado objetivo de la igualdad de oportunidades, ha sufrido el yugo de una ingeniería de resultados que instrumentaliza a la mujer.
El fin de la infantilización
La opacidad de los medios "sincronizados" no solo idiotiza a la mujer, haciéndole creer que el Estado es su único protector, sino que impide un diagnóstico real de los problemas.
Lacras como la violencia de género se deberían combatir analizando todos los datos (también, los incómodos) a base de honestidad estadística y análisis crítico, y no desde un paranoico y desquiciado relato vacío de contenido que sobrevive agonizando a base de soflamas subvencionadas.
La fábrica de conceptos rococós (heteropratriarcado, machosfera, micromachismos…) está dejando de tener recambios.
Los axiomas doctrinantes se desvanecen desde una mirada madura.
El cambio de ciclo: Del "nosotras" al "yo"
Estamos ante un cambio de ciclo global donde el espíritu crítico empieza a prevalecer sobre el ¿pensamiento? de grupo. La corriente que algunos denominan "post-woke" —y que hoy impregna a una juventud que ignora los canales oficiales— reivindica a la mujer como un ser soberano e independiente.
Las verdaderas feministas son aquellas que no necesitan un carné ideológico ni una cuota para validar su capacidad. Son individuos que se hacen valer por su talento y esfuerzo, rechazando ser reducidas a una estadística de victimismo. Son aquellas que quieren y merecen poder, y no ser empoderadas.
La decadencia de las grandes manifestaciones es, en realidad, un síntoma de salud social: el signo de que la ciudadanía ha empezado a desengañarse de un relato de los supremacistas de la moral que prometía liberación, pero que solo buscaba debilitar la cohesión social a través de la fractura entre sexos.
Al final, la libertad no reside en el tutelaje del Estado, sino en la capacidad del individuo de caminar sin etiquetas, convirtiendo al 8-M en una reliquia de una era de polarización que muchas ya han dejado atrás.