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Año tras año, los medios vociferan sustantivos que, confusamente, el receptor amalgama en su cerebro como puede: Fira de Teatre de Tàrrega, inauguración, multitud, artistas, calle, programadores, espacios, Kiku Mistu… Es improbable que un peatón escogido al azar sea capaz de concretar la finalidad del acontecimiento. Al fin y al cabo, la relevancia que se atribuye a la Fira viene dada por dos factores: primero la capacidad de concentrar semovientes, y segundo la tradición del evento, el cual cobra solera por el mero transcurso del tiempo. En tales términos, el éxito de la Fira se cuenta por cabezas, diferenciándose en poco o en nada de otros acontecimientos, en principio, de otro signo como el Aplec del Caragol, cuya relevancia se mide por el volumen de moluscos ingeridos. La Fira es el resultado de una evolución lenta e implacable, tan deshumanizadora como casi todo: desde la fiesta popular de su fundación se ha transitado hacia un festival de teatro sin escenario. La consecuencia es que el protagonismo se desplaza de lo colectivo a lo profesional, siendo los programadores –el término trasluce mucho– los destinatarios del montaje. Sin embargo, de modo incoherente, no es el volumen de transacciones consumadas lo que se pondera. Sentimentalmente, la Fira sigue siendo un festival (entiéndase fiesta); lo que ocurre es que los invitados no encuentran su sitio. Esta mutación inevitable, que ha hecho imprescindible que el acto tenga que buscar su encaje más allá de lo local, pone de manifiesto una carencia que debiera sonrojar por ser de cajón: la falta de educación teatral desde la escuela. Los millares de asistentes a la Fira (paseantes en su gran parte) son ajenos al teatro porque el teatro no forma parte de sus vidas ni de su formación. Yo me declaro cada vez más confuso. Es desconcertante observar con qué orgullo se presume de levantar casas desde el tejado.

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