Cuando la sensibilidad mejora las decisiones
(*) Cofundador y Chief Business Officer de TalensIA HR, Ingeniero, Executive MBA y Consultor de Talento y HRBP
Llorar con facilidad suele verse como una grieta en la armadura. A mí me enseñaron que el líder aguanta, aprieta los dientes y sigue. Que las lágrimas se guardan para el baño o para la noche. Durante años jugué a ese papel, hasta que entendí algo incómodo y liberador a la vez: emocionarme, y que se me note, no me hacía más débil, me volvía más lúcido.
La primera vez que lloré frente a otras personas fue en una reunión pequeña. Un proyecto al que le había puesto el alma se había caído por una decisión externa. Yo estaba explicando el impacto cuando, sin pedir permiso, la voz se me quebró. No fue un drama. Fue como cuando una nube se abre y deja caer lluvia fina: nadie salió corriendo, nadie se asustó.
Al contrario, el silencio se volvió atento. Después de eso, la conversación cambió. Pasamos de buscar culpables a buscar salidas. Entendí que las lágrimas no habían secuestrado la razón; la habían despejado.
Llorar fácilmente no es perder el control, es tener un control más fino. Es como conducir con sensores: notas antes cuándo el terreno cambia. La emoción es información. Si algo me conmueve, me está diciendo que importa. Y un liderazgo inteligente empieza por ahí: por saber qué importa de verdad.
He visto decisiones frías, “eficientes”, que dejan cicatrices largas. También he visto decisiones tomadas con el pulso humano, ese que tiembla un poco, que, aunque imperfectas, construyen confianza.
Me emociono cuando alguien del equipo crece, cuando una idea pequeña prende, cuando una persona se atreve a hablar. No porque sea blando, sino porque estoy presente. La empatía no es un sofá mullido; es una linterna. Ilumina zonas que el cálculo no alcanza.
Cuando escucho una historia y se me humedecen los ojos, entiendo mejor el contexto, el miedo, la esperanza. Y con eso, lidero mejor.
Hay una metáfora que me acompaña: el corazón como músculo. Si nunca se estira, se acorta. Si se estira con cuidado, se fortalece. Llorar es estirar. No todo estiramiento duele; algunos alivian. Después de llorar, pienso con más claridad. Es como limpiar un parabrisas: la lluvia molesta, sí, pero ver nítido vale la pena.
En la práctica, esto se nota en cosas simples. Cuando doy feedback, no escondo que algo me importa. Digo “esto me duele porque creo en ti”. Cuando hay un conflicto, permito el silencio y la emoción antes de correr a la solución. Cuando celebro, no me avergüenza la alegría. Ese permiso se contagia.
La gente se siente segura para decir la verdad, y la verdad ahorra tiempo.
Claro que hay límites. No se trata de volcarlo todo ni de convertir cada reunión en terapia. La inteligencia está en el equilibrio: emoción al servicio del propósito. Como el fuego en una cocina: si lo controlas, cocina; si lo ignoras, quema. Llorar fácil no es vivir en llamas, es saber regular la temperatura.
He aprendido que muchos confunden dureza con fortaleza. Para mí, la fortaleza es sostener lo humano sin romperlo. Un líder que se emociona demuestra coraje: el coraje de no esconderse, de mirar de frente lo que siente y usarlo para decidir mejor.
Al final, liderar no es mandar; es acompañar. Y nadie acompaña bien con los ojos secos y el corazón cerrado.
Si alguna vez te emocionas y dudas, recuerda esto: las lágrimas no te quitan autoridad. Te dan profundidad. Y la profundidad, en tiempos ruidosos, es una forma muy rara y muy necesaria de inteligencia.