El liderazgo y la IA: más allá del día a día
(*)CLO de TalensIA — Talento, Ciencia e Innovación Profesor asociado de la UdL
El liderazgo emplea la Inteligencia Artificial para agilizar procesos, para reducir tiempos, para tener mayor eficiencia, en suma. Sería un uso primario de esta herramienta. Sin embargo existe un uso, o un enfoque, más avanzado, más allá del día a día, de manera que el liderazgo utiliza la IA más allá de esta productividad diaria con el fin de hacer que los equipos y organizaciones sean más resilientes y competitivos.
El primer cambio es que las personas líderes ya no pueden limitarse a gestionar equipos humanos. Hay que pasar a “orquestar” sistemas híbridos en los que las personas y las herramientas de IA “colaboren”. Esto además requiere una nueva competencia: primar las tareas que realizan mejor los humanos y a la vez configurar la IA para lo que puede hacer con más rapidez o para dar mayor apoyo. Sin embargo, tampoco es todo o nada, blanco o negro, ya que aunque es preferible abordar la creatividad estratégica, la empatía con clientes y empleados o la negociación compleja como acciones completamente realizadas por humanos, la IA puede ayudarnos o puede proporcionar ideas al respecto. En cualquier caso, seamos conscientes de que nuestro enfoque debe variar según necesitemos un complemento o bien necesitemos procesos en los que la IA tiene todas las capacidades, por ejemplo, el análisis de grandes volúmenes de datos, la automatización de procesos repetitivos o la detección de patrones.
Dicen que la transparencia es una moneda revalorizada, a la vista de estos tiempos de imagen sin contenido, de medias verdades, de mentiras completas y de difundir sin comprobar. En este sentido, la persona líder debe establecer, o acordar, principios claros sobre el uso de la IA en decisiones críticas. Explicar cuándo se usa la IA, para qué y bajo qué limitaciones es tanto una buena práctica como un elemento de confianza empresarial –de puertas adentro y de cara al cliente– en un entorno en el que la confianza es un valor difícil y perecedero. Cuando aún estábamos en una revolución, ha llegado otra: del desafío de la alfabetización digital estamos pasando a la alfabetización en IA. Desde luego no se trata de convertirnos todos en ingenieros, sino de que cada uno entienda las capacidades, las limitaciones y el uso ético de la tecnología que utiliza diariamente. Cada cual debe saber cómo funciona el asistente virtual que usa, los vendedores deben saber los límites del sistema de recomendaciones, los gerentes, conocer los sesgos potenciales de sus herramientas de análisis, y todos, entender que la mejor manera de que la IA nos ayude es saber qué buscamos, preguntar y volver a preguntar, estar al mando, ser críticos, no aceptar el resultado que proporciona la IA hasta conseguir justo lo que necesitamos. Es una cuestión sobre todo de planificar desde arriba, sobre todo en situaciones en las que el análisis de la IA, o su aportación, es significativa al decidir. Si utilizamos algoritmos propios o contratados para seleccionar o promocionar personal, o asignar recursos, ¿quién es responsable de cómo se han diseñado? ¿Desde qué perspectivas? ¿Bajo qué condicionantes o supuestos? Debemos ejercer más control sobre esta herramienta tan potente cuanto mayor capacidad le pidamos o le concedamos.
En cualquier caso, lo humano marca la diferencia. Si les parece, esto será tema de otra columna. Hasta entonces.