El liderazgo sin ética no es liderazgo
(*) Auditora, consultora y divulgadora del Liderazgo corporativo. CEO de TalensIA HR & Ingenio, Leadership school
Vivimos rodeados de líderes. En la política, en la empresa, en los medios, en las redes sociales. Nunca ha habido tantas personas influyendo en otras, tomando decisiones que afectan a miles o millones de vidas. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre algo esencial: qué ocurre cuando el liderazgo se ejerce sin ética.
No hablo de ética como un concepto abstracto o moralizante. Hablo de algo mucho más cotidiano y tangible. Hablo de decisiones que priorizan el beneficio inmediato frente a las personas. De liderazgos que normalizan el silencio incómodo, la falta de coherencia o la evasión del conflicto. Hablo de entornos donde se obtienen resultados, sí, pero a costa del desgaste emocional, la desmotivación o el miedo.
Cuando un líder pierde la ética, no solo pierde credibilidad. Pierde algo mucho más profundo: la capacidad de generar confianza. Y sin confianza, cualquier liderazgo es frágil, por muy exitoso que parezca en el corto plazo.
Uno de los síntomas más habituales de esta carencia ética es la falta de transparencia. Equipos donde no se habla con claridad, donde la comunicación no es bidireccional y donde los problemas se comentan en los pasillos, pero no en los espacios donde deberían abordarse. Muchos líderes evitan las conversaciones difíciles creyendo que así protegen la armonía. En realidad, lo que hacen es permitir que el problema se enquiste y crezca.
La ausencia de diálogo honesto tiene consecuencias muy concretas: deterioro del clima, pérdida de compromiso, caída de la productividad y un impacto directo en la salud psicosocial de las personas. Los conflictos no desaparecen por no nombrarlos. Al contrario, se vuelven más complejos, más emocionales y más difíciles de gestionar con el tiempo.
A esto se suma una actitud tristemente frecuente en algunos liderazgos: la técnica del avestruz. Mirar hacia otro lado, esperar que el temporal pase, confiar en que el problema se resolverá solo. Pero liderar no es evadirse. Liderar implica hacerse cargo, aunque incomode, aunque genere tensión, aunque obligue a revisar decisiones propias.
Durante años hemos confundido liderazgo con carisma, ambición o capacidad de imponer una visión. Hemos premiado a quienes “llegan lejos” sin preguntarnos demasiado cómo lo hacen ni a quién dejan atrás por el camino. El resultado está a la vista: organizaciones tensas, personas quemadas y una creciente desafección hacia quienes ostentan el poder.
La ética en el liderazgo no consiste en ser perfecto ni en tomar siempre decisiones cómodas. Muchas veces implica elegir lo difícil, asumir responsabilidades y sostener conversaciones incómodas a tiempo. Implica coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y valentía para afrontar los conflictos antes de que se conviertan en disfunciones estructurales.
Un liderazgo ético no es un freno a la competitividad. Es una condición para la sostenibilidad. Las organizaciones que hoy funcionan mejor a largo plazo no son las que más presionan, sino las que generan entornos donde las personas pueden desarrollarse, discrepar y comprometerse sin miedo.
Quizá ha llegado el momento de revisar qué tipo de líderes estamos formando, promocionando y aplaudiendo. Porque el liderazgo no es neutro. Siempre deja huella. La pregunta es si queremos que esa huella mejore la vida de las personas o si estamos dispuestos a seguir pagando el precio de ignorar su dimensión ética.