Liderar no es inspirar: es decidir bien, cada día
(*) Cofundador y Chief Business Officer de TalensIA HR, Ingeniero, Executive MBA y Consultor de Talento y HRBP
Durante años se ha romantizado el liderazgo. Se ha llenado de frases motivacionales, de charlas inspiradoras y de relatos heroicos que quedan muy bien en LinkedIn… pero que rara vez sobreviven a una semana en una empresa real.
En el día a día, liderar no va de inspirar. Va de decidir bien. Y hacerlo todos los días. Decidir con información incompleta. Decidir bajo presión. Decidir cuando no hay consenso. Decidir cuándo cualquier opción tiene un coste.
Ahí es donde se separan los líderes reales de los que solo ocupan un cargo. He visto directivos brillantes quedarse paralizados semanas por miedo a equivocarse. Y también he visto mandos intermedios, sin grandes discursos ni carisma aparente, sacar equipos adelante simplemente porque tomaban decisiones claras, a tiempo, y las sostenían. El liderazgo no siempre es épico. Muchas veces es silencioso, incómodo y poco agradecido.
El liderazgo se ejerce en los procesos, no en los discursos. Una organización no funciona como funciona porque “la gente sea así”. Funciona como funciona porque sus procesos permiten o impiden ciertos comportamientos. Los procesos son como el cauce de un río: puedes gritarle al agua que vaya más rápido, pero si el cauce es estrecho y lleno de piedras, no avanzará.
Cuando veo problemas recurrentes, falta de compromiso, baja productividad, conflictos constantes, casi nunca el origen está en las personas. Está en decisiones mal diseñadas:
–Objetivos que se contradicen entre sí.
–Roles poco claros, donde nadie sabe hasta dónde llega su responsabilidad.
–Prioridades que cambian cada semana, como una veleta al viento.
–Indicadores que miden lo que no importa, pero no lo que duele.
–Reuniones que ocupan horas… y no deciden nada.
Recuerdo una empresa donde todo el mundo parecía “desmotivado”. Al rascar un poco, el problema era simple: cada proyecto tenía tres responsables y ninguno autoridad real. No hacía falta un speech inspirador. Hacía falta una decisión incómoda: una persona, un responsable, un criterio claro. Cuando se tomó, el clima cambió en semanas.
Decidir también es renunciar. Un buen líder no empieza preguntándose “¿cómo motivo más?”. Empieza preguntándose:
–¿Qué decisiones estoy retrasando por comodidad o miedo?
–¿Qué procesos generan fricción innecesaria?
–¿Dónde estamos perdiendo foco sin darnos cuenta?
–¿Qué seguimos haciendo solo por inercia?
Decidir es renunciar. A veces a una idea que nos gusta. Otras, a no caer bien a todo el mundo. Y muchas veces, a la falsa sensación de control que da no mover nada. Pero no decidir también es decidir. Y suele ser la peor.
Las organizaciones que funcionan no son las que tienen líderes más carismáticos, sino las que tienen sistemas claros, decisiones coherentes y criterios estables. Ahí es donde la gente respira tranquila. Ahí es donde aparece el compromiso de verdad.
Inspirar está bien. Decidir bien es imprescindible. Y hacerlo cada día, incluso cuando nadie aplaude, es lo que convierte a alguien en líder de verdad.