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Escribir sobre el que un día escribió un nombre universal como es el de William Shakespeare y sobre su obra en literatura, teatro y cine, ha sido muy recurrido y mostrado, pero el best-seller de Maggie O’Farrell se interna en el alma del escritor, y aún más en el de su esposa Agnes, y eso otorga a la historia un punto de distanciamiento a lo ya anteriormente conocido. La directora Chloé Zhao, responsable de títulos magníficos como The Rider o Nomadland, y alguna chapuza como Eternals, entra en el universo shakesperiano dirigiendo y construyendo el guion junto a la propia O’Farrell, desde el desconsuelo, el pesar en torno a una pérdida que removerá los cimientos emocionales de una familia, sobre el drama que los asola y rompe la armonía, sobre el arrebato amoroso de una pareja que se ama y siente una fascinación mutua que se tambalea.

William y Agnes muestran sus armas seductoras en la bella profundidad del bosque, él como un escritor que se desliga del yugo paterno para ser Shakespeare; ella, con su poderosa personalidad, vinculada a la naturaleza, a la tierra, al conocimiento de la cetrería y de las plantas, como lo fueron su madre y su abuela, tildadas de brujas. De su relación nace Susanna y, posteriormente, los gemelos Judith y Hamnet. Todo es armonioso en Strafford, pero William debe elegir entre quedarse como granjero y escritor en la sombra o seguir su estímulo de sobresalir en Londres. Su ausencia, ese sentido de abandonar a los suyos, se impregna en Agnes. Su decepción no es callada, no se conforma con esas huidas, pero sabe que el impulso de aquel hombre llamado a lograr la gloria es imparable.

En Hamnet, con unos actores magníficos como Paul Mescal y, aquí sobre todo, Jessie Buckley –ambos irlandeses–, todo se inunda de tristeza cuando la tragedia los traspasa. Esa resistencia a perder lo que ama hace de Agnes un ser que transmite desconsuelo y causa un sentimiento de culpa por parte de ese padre ausente cuando llegó la muerte a su casa.

Hamnet

Hamnet se apoya en la fotografía de un maestro de la luz como el polaco Lukasz Zal, habitual en las excelentes películas de Pawel Pawlikowski, y en la música de Max Richter, que enriquecen esta historia y todo lo que la circunda. Ese drama personal que llevó a Shakespeare a estrenar en The Globe cuatro años después de la muerte de su hijo la tragedia de Hamlet, marcando los momentos finales de esta sensible y admirable película cuando Agnes entiende al ver la obra que el arte expresa sentimientos, y que se acepta la despedida y comprenderse con tan solo mirarse el uno al otro.

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