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El cine de José Luís Guerín es un cine irreprochable, donde el artificio no tiene cabida pues Guerín reviste de delicadeza sus imágenes. Retrata todo con precisión, como un testigo invisible observando a las gentes, su expresividad y naturalidad, y que desde encuadres precisos se muestran tal y como son, transparentes en su humildad.

Tras una década de silencio, Guerín regresa con Historias del buen valle centrándose en un barrio, Vallbona, casi colindante a Torre Baró, otra zona donde acaba la ciudad y comienza el extrarradio y que se ha hecho popular gracias a la película El 47.

De este cineasta caben recordar su experimental y magnética Tren de sombras, En construcción –entre derribos y nuevas construcciones de un barrio barcelonés–, o siguiendo los pasos de John Ford y El hombre tranquilo con Innisfree, absolutamente fascinante e inmersa en el paisaje irlandés. Ahora, con Historias del buen valle, Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián, este director no deja de hacer poesía desde la sabiduría de la simplicidad que muestra en cada personaje, en el pasado de un lugar que comenzaron a construir las gentes del sur, aquellos inmigrantes que han dejado paso a otros que forman un variado tapiz de culturas. De aquellas casas con alma rural, de las que solo quedan ruinas, a esos edificios colmena en mitad de la nada atravesados por vías férreas y trenes que cruzan sin descanso la zona, un permanente nudo de carreteras, tendidos eléctricos que se confunden entre huertos con el destino marcado del abandono.

Pero Historias del buen valle no se deja vencer por la melancolía, por los recuerdos que ya solo habitan en la memoria. También hay hermosas plantas en los caminos y el rumor del agua del río Besós, en las acequias como lugar de juegos y música compartida. Allí todo cobra felicidad a pesar de la marginación impuesta. Hay mucho de humano. Son personajes anónimos que cuentan sus historias y las de otros, que se saben corazones de la periferia, que son comunidad pese a un presente que los absorbe. Allí hay vida en la ropa tendida frente a las edificaciones, en los amaneceres que observan los más viejos del lugar y que son iguales a los de su juventud, a las espontáneas conversaciones del bar, a la alegría de ser, de compartir, a la resistencia de un perseverante presente.

Historias del buen valle

Y todo ello mostrado desde la belleza, desde la serenidad de un hombre que sabe modular el tiempo imperceptible de la cámara, de un cineasta que entiende que lo importante no es solo lo que se dice y lo que se muestra sino quién lo dice y cómo se muestra.

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