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El cine ha ofrecido muchas visiones sobre el deporte, sobre la victoria, sobre el sentido de superación, sobre heroicidades diversas, pero también ha reflejado el lado oscuro, el de la frustración, el de la bajada a los infiernos, el de los juguetes rotos para engrosar la leyenda negra. Películas dramáticas en torno al boxeo como El ídolo de barro (1949), Más dura será la caída (1956) –ambas de Mark Robson–, Nadie puede vencerme (1949) de Robert Wise o Million Dollar Baby (2004) de Clint Eastwood lo muestran con crudeza, o sobre el chantaje emocional en Tatami (2023) de Zar Amir-Ebrahimi, Guy Nattiv, y sobre todo la extraordinaria La soledad del corredor de fondo, novela escrita por Alan Sillitoe y llevada al cine por Tony Richardson en 1968 con un soberbio Tom Courtenay, una película sobre la exigencia y la rebeldía.

Corredora nos muestra a la joven Cris, una atleta especialista en los 800 metros, la presión y las ansias de ser la mejor, con altivez y seguridad en sí misma pese a que la mente corre más y finalmente la traiciona haciendo aparecer trastornos y neuras, ese sentido de que el mundo se ha vuelto contra tí, algo que va en aumento mientras corre y sufre la presión de los entrenamientos en un centro de alto rendimiento para acabar sufriendo un brote psicótico.

Esta austera, bien calibrada y precisa película es la opera prima de Laura García Alonso, madrileña pero formada en el ESCAC, y entra de lleno en el contexto de la enfermedad, en psicólogos y psiquiatras, en los medicamentos que aturden, en el entorno de la protección familiar representada aquí con máxima contención por Àlex Brendemühl en el rol de padre viudo preocupado y que lógicamente antepone la salud de su hija al deporte que ésta practica, en ocasiones chocando los deseos de uno y otro, y una hermana fiel y comprometida para que Cris –una magnifica Alba Sáez en su sequedad y pensamientos– salga de ese pozo que la deprime.

Corredora

En Corredora se atraviesan esos momentos de incertidumbre, esa indocilidad frente a los sueños rotos, una enfermiza obcecación, un discurso conciso sin dramatismos impostados a la hora de abordar un tema complejo ya no solo en torno al deporte, a esos deportistas que huyen de sus fantasmas machacándose al límite para no fallarse a sí mismos, digan lo que digan los que les rodean, como en Corredora, sino para vencer sus derrotas morales y justificar lo que querían ser y lo que son, ese derecho a decidir dónde y cuándo parar, algo que en la vida y sus pliegues puede alejar los monstruos que siempre han acechado, y marcar un ritmo propio, una razón de ser.

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