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En un principio Mala bestia parece que nos acerca a una historia de internado de niñas huérfanas que visten de blanco en la candidez de ser pequeñas pero que cuando alcanzan la pubertad se han de mudar de negro, algo que sin duda restringe el ser adoptadas. Cuando nos hallamos en esos lugares, en esas instituciones donde la inocencia se torna inquietud, uno recuerda verdaderos clásicos como aquellas colegialas que salen de excursión en la extraordinaria y sobrenatural Picnic en Hanging Rock (1975) del australiano Peter Weir, la perturbadora e injustamente subestimada La residencia (1969) de Narciso Ibáñez Serrador, o la más reciente Alumbramiento (2024) de Pau Teixidor sobre un reformatorio para jóvenes embarazadas en la España de 1982.

Esa fase preliminar del personaje central en ese lugar, ese fin de la ingenuidad, pasa a convertirse en un complejo trayecto hacia la madurez. Cuando Atenea es acogida por una pareja que vive en la cercanía de un bosque, en un paraje bastante solitario y tranquilo, parece que todo irá bien, engarzando con una vida placentera, por un amor que ha de crecer día a día entre los tres personajes aunque dentro de la adolescente existe el resquemor de ser rechazada, de no encajar, de quedar en otro plano cuando parece que existe el deseo de que nazca una criatura por parte de los adultos que la han amparado.

La actriz Maria Schwinning en esta su primera película como protagonista, su rostro, sus expresiones, colman muchas de las escenas, su mirada, sus inaccesibles pensamientos, su perversa decisión que, sin embargo, no es fruto de la maldad sino del temor a no poseer ese hogar deseado, promueve esta opera prima de la barcelonesa Bàrbara Farré, que además dota al argumento con toques fantásticos, de cuentos en la profundidad del bosque, de seres imaginarios o no, que observan acechantes con ojos sangrantes y que poseen su propia leyenda, formando sensaciones de la adolescencia entre la inseguridad y el miedo, en el despertar del deseo y esa discordancia que transita por sus pensamientos.

Como aquellos magníficos relatos de la escritora argentina Silvina Ocampo, esposa de otro ilustre como fue Adolfo Bioy Casares.

Una Ocampo que con la precisión de un bisturí penetraba en el alma femenina, en sus contradicciones y en sus intensidades, en lo mejor y en lo peor de su naturaleza que conducía a una tenacidad y profundidad más allá del alcance de los hombres, y que en las también escritoras argentinas Mariana Enriquez y Samanta Schweblin parece tener hoy día unas dignas sucesoras en eso de desvelar lo que el alma esconde.

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