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La actuación de Asian Dub Foundation (ADF) –como inaugural del MUD 2026– se convirtió en una de esas noches en las que la energía del directo logra condensar en un solo estallido sonoro décadas de historia musical. Tengo la sensación, sin duda parcial, que entre el público asistente había gente que no sabía lo que iba a ver, pues al final del show escuchamos varios comentarios nada favorables sobre el mismo, eso sí, frente a los muy seguidores disfrutando a tope y bailando sin tregua desde principio a fin. El colectivo británico, formado en Londres a comienzos de los 90, demostró que su propuesta –un cruce explosivo entre dub, drum and bass, punk, ragga y electrónica– mantiene intacta su capacidad para agitar conciencias y pistas de baile. Desde su irrupción en la escena alternativa con Facts and Fictions (1995) y, especialmente, con el celebrado Rafi’s Revenge (1998), ADF ha construido una trayectoria singular en la que el compromiso político y la experimentación sonora han ido siempre de la mano. En Lleida, ese espíritu se manifestó con la intensidad de quien no interpreta un repertorio, sino que lo reivindica como un lenguaje vivo. Las bases rítmicas en forma de programación electrónica, densas y vibrantes, se entrelazaron con guitarras de filo casi punk mientras las voces y esa flauta, tan disonante como efectiva, dibujaban una arquitectura sonora tan precisa como contundente. El concierto avanzó como una sucesión de detonaciones rítmicas constantes con el quinteto desplegando una maquinaria sonora de altísimo volumen, pero perfectamente engrasada. Esas percusiones electrónicas y el bajo actuaron como motor constante, sobre el que las voces –alternando rap, canto y declamación– articularon un discurso combativo y festivo a partes iguales. A medida que el espectáculo avanzó, los menos familiarizados fueron entrando en calor hasta dejarse arrastrar del todo por el pulso vertiginoso del combo. Porque uno de sus rasgos más distintivos sigue siendo su capacidad para integrar tradición y modernidad, con el dub jamaicano mezclándose con la urgencia del punk británico, mientras que las texturas electrónicas y el breakbeat remiten a esa cultura de club de finales del siglo XX que tanto encendió entonces al Reino Unido. También hubo referencias al mestizaje sonoro que en discos como Enemy of the Enemy (2003) o Tank (2005) alcanzó una madurez especialmente influyente, y que en sus directos desatados adquiere una dimensión casi física, percibiéndose su música como un flujo continuo de tensión y liberación. En el MUD, dedicado a las músicas de raíz reinterpretadas desde miradas contemporáneas, la presencia de estos provocadores artistas británicos resultó de lo más pertinente. Su propuesta demuestra que las tradiciones culturales pueden dialogar con la modernidad sin perder fuerza identitaria. Cuando el concierto llegó a su tramo final, la sensación dominante era la de haber asistido, quizás, a una celebración de la resistencia cultural y de la música como espacio de encuentro. Tres décadas después de su aparición, ADF continúa recordando que la fusión, cuando nace de una convicción profunda, puede convertirse en una forma de energía colectiva capaz de perpetuarse y mantenerse viva.

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