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He aquí la última vuelta de tuerca del poliédrico e insaciable talento que atesora David Castillo: El tango de Dien Bien Phu (Premio Joanot Martorell, 2019). Poeta, ensayista y periodista formado en la prensa clandestina y alternativa de la transición, ha dirigido durante treinta años el suplemento cultural del diario El Punt Avui. De su obra, el lector recordará sin duda novelas inolvidables como El cielo del infierno (1999) y Sin mirar atrás (premio Sant Jordi, 2001), sus Conversaciones con José Pepín Bello (2007) o la apasionante antología Barcelona, Poesía, Contracultura (2016).

El tango de Dien Bien Phu es una suerte de manual, de cuaderno de bitácora que nos confronta sin piedad al buceo íntimo y crítico de alguno de los avatares históricos que jalonan el camino que lleva de la Guerra Civil española hasta nuestros días. No cabe duda que el tamiz novelesco de Castillo no tiene límites. Su afilado bisturí destila saber, conocimiento y, como suele acontecer en toda su obra, una más que contrastada mirada a la hora de abordar las profundidades del género humano y sus nociones existenciales de conflicto. Es el caso, por poner un ejemplo, de ese análisis implacable que nos acerca a la falsa paz dibujada por el franquismo o la calma “encubierta” durante la transición. La perspectiva de la que parte Castillo es la de los “perdedores”, la de todos aquellos soldados republicanos que marcados a fuego por la contienda bélica se vieron inmersos en un nuevo encierro físico y emocional o vejados en los campos de concentración de las playas de Argelès: “Las vejaciones –leemos– eran el resultado de una crueldad sin límite. La cobardía de los franceses era proporcional a su falta de valor contra los alemanes. Violentos con los débiles, sumisos con los fuertes”.

La novela se abre ante los ojos del lector con el esbozo de un pretexto novelesco que va más allá de la simple anécdota. En realidad se sustancia como una motivación básica y una búsqueda: la letra de un tango de Gardel cantado en los campos de refugiados en Francia. Desde ahí, y a partir de testigos directos, libros de memorias y documentos de archivos militares, David Castillo reconstruye paso a paso la peripecia vital de toda una generación de hombres y mujeres que defendieron un ideal que, con el paso del tiempo, se convirtió en su condena. Más allá del miedo y la derrota, la novela se torna así un texto coral en el que se exploran las biografías de tantos y tantos personajes anónimos que vivieron con entereza la sinrazón de sus destinos.

Edicions 62, 288 p.

De ahí la razón última de El tango de Dien Bien Phu. Las varias lecturas posibles que nos ofrece la novela conducen todas ellas a un lugar común: el dolor y el recuerdo de la caída en el abismo. El constante homenaje siempre presente al abuelo del escritor, y con él el sufrimiento del exilio republicano, no enturbian nunca el hilo narrativo, sino todo lo contrario: a partir de él se redimensionan el componente histórico, sus claves metaliterarias y el dibujo admirable de personajes como Pantaleón Ribot, Jesús Menero o Xavier Soler.

A partir de este enclave, y con el fin de articular novelescamente su búsqueda, David Castillo construye el personaje del libertario Dani Cajal, protagonista de anteriores novelas suyas y trasunto, sin duda, de sí mismo. Con la letra del tango de Gardel reconvertida en himno de los refugiados de Argelès, se dará paso a una nueva certeza: la descripción de los episodios más sangrientos del pasado siglo. En ellos cobra especial importancia el periplo que parte de la salida de las columnas libertarias por la frontera en 1939 y desemboca en la derrota francesa en Vietnam de 1954, cuando la Francia colonial pierde Indochina y siguiendo su estela dejan ahí su vida más de un centenar de españoles, todos ellos antiguos soldados republicanos. Todo un homenaje a la infrahistoria del horror esbozada con nombres y apellidos.

David Castillo construye así todo un fervoroso elogio sobre la dignidad de la derrota. Y desde sus más profundas entrañas va tejiendo los hilos de la historia de todos aquellos olvidados, de todos aquellos exiliados o “parias de la tierra” que perseguidos por el infortunio fueron deambulando de guerra en guerra —batallas del norte, de Teruel, del Ebro, la caída de Cataluña, Alamein, Normandía, Estrasburgo, la liberación de París, hasta llegar a Dien Phu en Vietnam—, convirtiéndose en víctimas de todas ellas. La historia de David Castillo nos sitúa en ese vértigo del dolor ante la caída. En cierto modo, en las páginas del Tango de Dien Bien Phu se escenifica, con acierto, aquel “arte de la preocupación” que definiera Bernard Malamud. Todo un hallazgo reflexivo centrado en el abismo o, si se quiere, en la misma sensación que Milan Kundera, guiado por Nietzsche, había descrito con estas hermosas palabras: “El vértigo es muy distinto al miedo de caer. El vértigo significa que el abismo que hay debajo de nosotros nos atrae, nos seduce, despierta el deseo de caer, del cual nos defendemos asustados”.

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