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Los resultados de las pruebas de competencias básicas de los alumnos de cuarto de ESO y de sexto de Primaria han sido decepcionantes, tal como apuntó hace unos días la consellera Esther Niubó. La conclusión es que, de media, los que se encuentran en el último curso de la etapa obligatoria no alcanzan el mínimo fijado en inglés, matemáticas y ciencia y tecnología, mientras que los que finalizan Primaria tampoco lo hacen en esta última asignatura y lo superan por los pelos en matemáticas. Por si fuera poco, la puntuación de estos últimos ha empeorado con respecto al pasado año en catalán, matemáticas y ciencias, mientras que la de los primeros ha bajado en castellano, inglés y ciencias. Estos datos certifican la mediocridad del sistema educativo catalán y constatan que los continuos cambios introducidos por la administración solo hacen que deteriorarlo en lugar de mejorarlo. Esta es una de las causas que han llevado a esta situación, pero son múltiples y no solo dependen del marco normativo. Con toda probabilidad, una es el descrédito en que ha caído la necesidad de esforzarse para aprender en pro de garantizar la felicidad de los niños. Como dice el prestigioso maestro y pedagogo Gregorio Luri, sin esfuerzo no puede haber aprendizaje, porque saber leer y hacer operaciones matemáticas básicas primero, y aprender leyendo después, requiere que el niño dedique un cierto nivel de atención y constancia. Actualmente, hay alumnos que cursan cuarto o quinto de Primaria en cuyo expediente consta que tienen las matemáticas adaptadas de primero o segundo. Es evidente que es imposible que puedan corregir este déficit durante el resto de esta etapa y de ESO. No se trata de que haya que hacer repetir de forma mecánica a los que no aprueben todas las materias, sino de aplicar medidas para reforzar sus conocimientos en las que flaquean. También hay que hacer referencia a la falta de implicación de muchas familias en la educación de sus hijos o a la falta de recursos para atender la creciente diversidad del alumnado. Ante esta realidad, es indispensable de una vez por todas que haya un gran pacto educativo entre las principales fuerzas políticas para sentar las bases de un marco estable y, a la vez, que sus directrices estén consensuadas con los representantes de la comunidad educativa, especialmente con los docentes y directores de centros, que conocen de primera mano cómo es el día a día en las aulas. No cambiar el rumbo actual supondrá perpetuar las deficiencias y acentuará las diferencias entre los alumnos según las posibilidades económicas de sus familias. La prueba del nueve que lo corrobora es el pésimo resultado en inglés de los de cuarto de ESO, que demuestra que Luri también tiene razón cuando dice que la enseñanza obligatoria no garantiza el dominio de este idioma y por eso las familias que pueden inscriben a sus hijos en academias.

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