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La intervención militar de los EEUU en Venezuela, culminada con la captura de Nicolás Maduro, ha puesto de manifiesto que Donald Trump apuesta por aplicar la denominada doctrina Monroe con total desfachatez para controlar el petróleo del país que cuenta con las mayores reservas mundiales, tal como hemos señalado en esta misma sección. También ha dejado en evidencia la inoperatividad de la Unión Europea, que tardó un día y medio en consensuar un comunicado en el que se limitaba a hacer un “llamamiento a la calma” para “garantizar una solución pacífica” en Venezuela. Asimismo, pedía “moderación” e indicaba que “deben respetarse los principios del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas”, eso sí, sin hacer ninguna crítica explícita al gobierno estadounidense. Y si la reacción de Europa es tardía e irrelevante, la de la ONU ni está ni se le espera, porque la organización que debía velar por la cooperación y la paz a nivel mundial se ha convertido en un fósil por su incapacidad de hacer nada ante flagrantes agresiones al orden internacional cuando están protagonizadas por alguna gran potencia con derecho a veto a sus resoluciones o por los países a los que protegen. Basta ver su inacción ante la invasión rusa en Ucrania o ante la masacre en Gaza por parte de Israel. El fracaso europeo a la hora de articular una política internacional y de defensa y la decrepitud de la ONU certifican que Trump podrá hacer seguir haciendo lo que le dé la gana siempre que no colisione directamente con intereses de China y Rusia, que son los únicos estados capaces de plantarle cara y que, a la vez, tienen capacidad de actuar como él en beneficio propio. Es la traslación a la política de la ley de la selva, donde manda el más fuerte. Cada vez está más claro que EEUU se apropiará de Groenlandia cuando quiera, sin que esto suponga más que una tímida protesta diplomática de la UE. De esta manera, China tendrá vía libre para hacer lo propio con Taiwán y Rusia también podrá mantener la guerra en Ucrania hasta la victoria final, ya sea por las armas o con un acuerdo de paz totalmente ventajoso. Los países europeos deberían reflexionar sobre esta situación. Cada uno por sí solo no pinta nada en la política internacional, ni siquiera Alemania o Francia. Y ser aliado de Trump o Putin no constituye ninguna garantía, porque los intereses de estos no tienen por qué coincidir con los de países o dirigentes que estén en sintonía con ellos. Aunque sea un tanto anecdótico, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, lo ha sufrido en sus propias carnes, cuando tras mostrarse aquiescente con el ataque de EEUU afirmó públicamente que los opositores Edmundo González y María Corina Machado debían convertirse en los nuevos líderes de Venezuela. Pues bien, Trump ha decidido que sea la número dos de Maduro, Delcy Rodríguez.

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