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El cambio climático es una realidad palpable en todo el planeta. Las series meteorológicas constatan la progresiva subida de la temperatura media, con el consiguiente descenso de los días fríos, y cada vez son más frecuentes las olas de calor. Todo esto origina que las necesidades hídricas de muchos cultivos crezcan. Y mientras, aunque la cantidad global de precipitación no ha disminuido de forma muy significativa, es más irregular. Por mucho que los negacionistas digan que siempre ha habido días muy calurosos y episodios de sequía, está claro que el caudal de los ríos no irá a más, sino a menos, así que nos veremos obligados a adaptar nuestro gasto de agua, tanto el doméstico, como el agrícola y el industrial, a esta realidad. En nuestra edición de hoy publicamos que las demandas de agua del Segre para el riego aumentan por la tardanza en modernizar el Canal d’Urgell, por el avance del Segarra-Garrigues y por la posibilidad abierta por la UE de regar en zonas zepa, y su suma duplica la que circula por el pantano de Rialb. La dotación necesaria para afrontar estas necesidades supera los 1.100 hectómetros anuales, mientras que la aportación del río no llega a los 750, de los que hay que descontar 60 para el suministro a los municipios y otros 72,5 que deben reservarse como caudal ecológico. Ante este panorama, no queda otra que apostar por la máxima eficiencia en los sistemas de riego, con la consiguiente inversión que comporta, siendo conscientes de que igualmente tampoco será posible hacer un uso discrecional del agua. En este sentido, un estudio sobre las modernizaciones del regadío efectuadas en los últimos años en la cuenca del Ebro alerta de que esta mayor eficacia ha acabado provocando un aumento del consumo con el objetivo de mejorar la productividad de los cultivos. Igual que la cuadratura del círculo es imposible, también es inviable que la disponibilidad de caudales para riegos pueda crecer.

A una escala diminuta, lo que pasa con el reparto del agua del Segre para el riego ilustra lo que sucede a nivel mundial. La Tierra es un planeta finito, por lo que sus recursos naturales también lo son, mientras que la demanda no para de aumentar. Por eso Donald Trump y los megamillonarios que están detrás de él han optado por controlar Venezuela para tener disponible su petróleo, y quieren apropiarse de Groenlandia porque podría tener grandes reservas de minerales y tierras raras. Y por eso Rusia invadió Ucrania y China ha intensificado su relación con países en desarrollo ricos en recursos. Los más poderosos quieren quedarse todos los trozos del pastel en detrimento de la mayoría de los ciudadanos. La disyuntiva es asumir que impere la ley del más fuerte o fomentar la cooperación para resolver problemas que cada vez serán más acuciantes.

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