Que Adamuz no sea Angrois
La catástrofe ferroviaria de Adamuz es difícil de entender porque los dos trenes implicados eran nuevos, habían pasado todos los controles, circulaban a 205 y 210 kilómetros por hora, claramente por debajo del límite de 250 en ese tramo, y el siniestro ocurrió en una recta en la que se habían revisado las vías el pasado mes de mayo. Si a eso añadimos que la tragedia no se produjo, como se creyó en un primer momento, al colisionar vagones del Iryo con otros del Alvia, sino que parece que primero descarrilaron los primeros y luego, de forma independiente, lo hicieron los segundos sin llegar a chocar entre ellos, queda claro que lo más probable es que el motivo de la catástrofe sea alguna circunstancia de la vía o del terreno en este tramo. Por todo ello tiene razón el ministro Puente al decir que el siniestro ha sido muy extraño, pero sobre todo ha sido terrible. Ha llegado la hora de que el Estado se comporte a la altura de las circunstancias ante una catástrofe de semejante magnitud, porque no siempre lo ha hecho. En realidad, no lo hizo en la anterior tragedia ferroviaria comparable, la que se llevó 80 vidas en la localidad gallega de Angrois. En aquel caso las familias de las víctimas jamás se sintieron arropadas por el Estado. En trece años solo se ha llegado a condenar en primera instancia a un exjefe de seguridad de Adif por el hecho de que el tramo en el que se produjo el siniestro no contaba con un sistema de seguridad que pudiera impedir que el Alvia estrellado tomara una curva a una velocidad excesiva por la negligente actuación del maquinista, también condenado. Ese exjefe de seguridad llegó al banquillo de los acusados por la decidida actuación de las familias de las víctimas, que en ningún momento contaron con el apoyo de una administración que intentó que el caso se quedara en el maquinista como chivo expiatorio. La clamorosa evidencia de que un riesgo catastrófico no puede dejarse en manos de una sola persona, ya que siempre cabe la posibilidad del fallo humano, llevó finalmente a la condena del ex cargo acusado, aunque los familiares no consiguieron pasar de ahí. En el caso de Adamuz parece que no puede haber errores de maquinistas, por lo que la administración deberá asumir posibles responsabilidades sin posibilidad alguna de buscar algún chivo expiatorio. Y, de paso, también podría aprovechar para plantearse qué se está haciendo tan rematadamente mal como para que, en un país que es el segundo del mundo en kilómetros de alta velocidad, solo por detrás de la inmensa China, se puedan producir dos catástrofes tan terribles como las de Angrois y Adamuz, que se han llevado la vida de al menos 120 personas en tan solo trece años, lo que es más imperdonable todavía si se piensa que esa apuesta por la alta velocidad se ha hecho a costa de unas Rodalies que constituyen un bochornoso infierno diario.