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Catalunya vivió ayer una situación inédita a causa de la alerta por el fuerte viento previsto durante todo el día, especialmente por la mañana. La Generalitat decretó la suspensión de todas las actividades educativas, deportivas, culturales, de ocio y la actividad sanitaria programada. Asimismo, muchos ayuntamientos optaron por suspender servicios de su competencia aplicando las directrices de Protección Civil. Así, en Lleida ciudad permanecieron cerrados los centros cívicos de barrio, las “llars” de jubilados, las oficinas de atención a la ciudadanía, las ludotecas, bibliotecas, diversos parques como los Camps Elisis y el cementerio. A la hora de la verdad, en las comarcas de Ponent la fuerza del viento no fue nada extraordinaria. Las rachas máximas en el llano –además muy puntuales– fueron hasta el mediodía de entre los 75 y 80 kilómetros por hora en municipios como la capital o Les Borges Blanques. Y en la Alta Ribagorça, que junto con la Segarra y el Alt Urgell eran las tres de Ponent que estaban en situación de alerta roja, en El Pont de Suert, no llegó a los 40 kilómetros por hora, aunque en las cotas más altas de Boí Taüll, a 2.500 metros de altura, superó los 119 por hora. La opinión general entre muchos ciudadanos fue que la Generalitat se había pasado de frenada y que no había para tanto. En otros lugares, especialmente en la demarcación de Barcelona, sí hubo problemas y daños materiales y personales. Al menos nueve personas resultaron heridas, una de ellas en estado crítico, otra muy grave y tres graves, por la caída de árboles, muros o estructuras metálicas. El aeropuerto de Barcelona tuvo que cancelar 91 vuelos y otros 10 tuvieron que ser desviados, el puerto de Tarragona también tuvo que paralizar parte de su actividad y hubo numerosas incidencias en la red viaria. A las 13.00 horas, los bomberos ya habían atendido cerca de 2.000 avisos por los efectos del vendaval, que registró rachas de hasta 167 kilómetros por hora. Hay que partir de la base de que más vale prevenir que tener que lamentar, y que la meteorología no es una ciencia exacta. Sin embargo, se echa de menos una perspectiva más territorial a la hora de la toma de decisiones. Las comarcas que estaban en mayor nivel de alerta representan alrededor de la mitad de la superficie de Catalunya, pero concentran más del 80 por ciento de la población al incluir a toda el área metropolitana de Barcelona. La pregunta que cabe hacerse es que, si la afectación hubiera sido a la inversa, ¿se habría adoptado la misma decisión? En Ponent tenemos la impresión de que, gobierne quien gobierne, las políticas y las actuaciones de la Generalitat están marcadas por una visión centralista. Algo así como si Barcelona se constipa, el país estornuda, pero si es el resto del territorio el que sufre un problema, la capital y su entorno continúan desarrollando con normalidad su vida cotidiana.

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