El burka, todavía
¿Tenemos que dar vueltas todavía con el burka 16 años después de que el exalcalde de Lleida Àngel Ros convirtiera la ciudad en la primera que prohibía su uso en toda España? Sí: tenemos que dar vueltas con el burka porque este debate lo carga el diablo con un sinfín de trampas que lo convierten en casi irresoluble. Ayer Vox lo llevó de nuevo al Congreso y no logró prohibir esta prenda discriminatoria de la mujer al no contar con el apoyo de Junts porque también quiere prohibir el velo islámico en el espacio público. El burka es como Vox: atenta contra derechos fundamentales, pero ni el burka ni Vox pueden ser prohibidos porque no lo permite el artículo 16 de la Constitución, que garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto “sin más limitación que la necesaria para el mantenimiento del orden público”. Una de las razones que se han esgrimido para defender la prohibición es la seguridad, pero quien escribe este editorial no ha sido asaltado nunca por una mujer tapada con un burka ni ha visto a nadie atracando un banco oculto en un niqab, y es probable que quien lo lee tampoco. ¿Que eso es un comentario frívolo? Probablemente, como lo son casi todos los relacionados con esta cuestión. Los argumentos con los que Vox defendió ayer la prohibición no son ni siquiera frívolos. Solo rudimentarios. Se limitan a una xenofobia feroz en plenas negociaciones a cara de perro con el PP para formar gobiernos autonómicos en Aragón y Extremadura, donde María Guardiola dice ahora que defiende el feminismo de Vox, la misma política que hace 3 años decía que no quería a Vox en su gobierno porque niega la violencia machista. El partido ultra no hace ninguna referencia a la intolerable discriminación de la mujer que representa el burka. Una intolerable discriminación que paradójicamente aumentará si no se tolera. Se lo dijo el Tribunal Supremo a Àngel Ros en 2013, tres años después de que el ayuntamiento de Lleida prohibiera la prenda en edificios públicos. El veto al burka tendría “un efecto perverso” que comportaría que las mujeres afectadas apenas salieran de casa, es decir: aumentaría exponencialmente la discriminación que la prohibición se supone que querría evitar. No se puede afrontar este debate sin inteligencia. No es fácil: la medida de Ros fue bendecida por todo un Tribunal Superior de Justicia de Catalunya avalando punto por punto, y por tanto amparándolas jurídicamente, todas las prohibiciones aprobadas. El Supremo corrigió al Tribunal Superior. Han pasado 16 años y parece que el alto tribunal llevaba razón, algo que en los últimos tiempos no ha sido precisamente pan de cada día. Puede no gustar Vox, pero no se puede prohibir. Puede no gustar el burka –nosotros lo detestamos–, pero no se puede prohibir. O sí, mediante una ley orgánica, pero estamos de acuerdo con el Supremo que hacerlo podría constituir una perversa estupidez.