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Uno cada cinco días. Esta cadencia indica que cualquier cosa que podamos imaginar ocurre a menudo, e incluso con demasiada frecuencia. Pero depende a lo que nos refiramos es una auténtica barbaridad. Tras este preámbulo ya iremos al grano y diremos que estamos hablando de los asesinatos de mujeres en España a manos de parejas o exparejas en lo que llevamos de año. Una cifra inasumible (cualquier cifra que no sea un cero lo es en este ámbito) para una sociedad que se pretende avanzada y equitativa. Y si este poco más de mes y medio del 2026 es trágico, el balance de la semana que cerramos ayer es especialmente espeluznante. Porque el sábado se confirmó que una mujer de 28 años, madre de cuatro pequeños y que no constaba en el sistema Viogen (la plataforma del ministerio del Interior que coordina a instituciones públicas para proteger a víctimas de violencia de género y a sus hijos), era la víctima de un crimen el día anterior en Sarriguren, en Navarra, presuntamente asesinada por su pareja, de 30 años, en una agresión en la que también resultó herida de gravedad la madre del agresor cuando intentaba evitar el ataque. Esta era la cuarta mujer que perdía la vida a manos de alguien con el que algún día tuvo un vínculo afectivo en una semana negra para la violencia de género, y en la que también fueron asesinados dos menores en Tenerife y Castelló.

Como decíamos, en apenas mes y medio que llevamos de año 10 mujeres han perdido la vida debido a esta lacra social, el peor dato registrado desde 2020. En seis de los casos constaban denuncias previas, cinco habían sido interpuestas por las víctimas y una por otras personas. Ellas habían denunciado a sus agresores, sin embargo, los mecanismos del Estado para protegerlas fracasaron. La propia ministra de Igualdad, Ana Redondo, tuvo que reconocer que, a veces, las evaluaciones de riesgo no se hacen con la suficiente profundidad y apostó por una mayor contundencia para luchar contra lo que definió como “auténtico terrorismo”. No le falta razón al utilizar estos términos y por ello es necesario no bajar la guardia, tanto las administraciones como cada uno y una a nivel particular. No hace falta ser la supuesta víctima para hacer saltar todas las alarmas sino que su entorno, desde familia a amigos y a la mínima evidencia, debe actuar y denunciar cualquier sospecha para evitar daños irreparables. Redondo tampoco se olvidó de un aspecto básico en la lucha, ya desde edades tempranas, contra esta ignominia: apeló a la protección de los menores en las redes sociales, “cada vez más machistas, más misóginas y más violentas”. Y este control no se debe exigir solo a los menores, sino que es en su hogar donde se deben poner las bases para ser conscientes de que la violencia de género es una lacra insoportable.

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