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Estados Unidos e Israel lograron descabezar el régimen chiita iraní asesinando a su líder supremo, Alí Jamenei, y a otros dirigentes en el primero de sus ataques aéreos de la operación conjunta que han bautizado como “Furia Épica” que, dicho sea de paso, tiene mucho de la primera palabra y nada de la segunda. Descabezarlo, que no derrocarlo. Este es el principal objetivo, que va asociado a que el país quede en manos de un gobierno al servicio de los intereses de EEUU para aumentar su control sobre el mercado del petróleo teniendo en cuenta que ya gestiona de facto el de Venezuela. Y, de paso, dar un golpe a China, la única potencia que puede disputarle el liderazgo mundial, porque el país persa es uno de sus principales proveedores de petróleo y gas. De momento, el conflicto ya se ha extendido a todo Oriente Próximo e incluso más allá, después de que Irán haya respondido bombardeando Israel, bases de EEUU en países próximos como Kuwait, Catar, Baréin o Arabia Saudí y objetivos tan diversos como la mayor refinería de este último país, la zona comercial de Dubái o una base británica en Chipre, país que forma parte de la Unión Europea. Además, la milicia chiita Hezbolá se ha sumado a la guerra, con lo que el país donde está asentada, el Líbano, también se ha visto implicado. Como decía ayer el leridano Josep Borrell, exalto representante de la Unión Europea, es muy improbable que el régimen iraní pueda sostener durante muchos días este contraataque, porque su arsenal es limitado, no tiene capacidad de defensa ante los ataques aéreos y tampoco tiene armas nucleares ni estaba cerca de tenerlas, aunque esta es una de las excusas que han dado Donald Trump y Benjamín Netanyahu para justificar su acción unilateral al margen del derecho internacional. Más pronto que tarde, su capacidad militar quedará reducida al mínimo. Ahora bien, no es seguro que se pueda acabar con la dictadura de los ayatolás solo con bombardeos aéreos. A la vez, no hay ninguna garantía de que este conflicto no provoque un caos similar al que hay en Libia desde el fin de Gadafi, o al que imperó en Irak en los años posteriores a una invasión militar estadounidense también basada en falsedades. La solución que auspician Trump y Netanyahu parece ser restaurar la monarquía en la persona de Reza Pahlavi, el hijo del Sha depuesto en 1979, que carece de predicamento y de contactos con la oposición en el interior del país. Esta también está desunida y no hay ningún líder indiscutible, pero en menos de cuatro años ha puesto en un brete en dos ocasiones al régimen, que solo ha sobrevivido aplicando una cruel represión. El gobierno de los ayatolás es deleznable, como lo era el del Sha, y no está de más recordar que el derrocamiento de este y su sustitución por Jamenei fue patrocinado por EEUU y Francia, país donde estaba exiliado. Las consecuencias están a la vista.

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