Madurando el género juvenil
Los dramas juveniles románticos tienden a abusar de la fórmula de centrar el grueso de la trama en la pareja principal y rellenarla con personajes secundarios planos, conspiraciones de instituto o de campus universitario más o menos creíbles y, cómo no, la correspondiente dosis de morbo sexual. Aunque esta creación de Meaghan Oppenheimer (Broke, Fear the Walking Dead) siguió dicho patrón en sus inicios, merece la pena detenernos a comentar la tercera entrega por su radical giro de guion. Enmarcada justo después del final de la segunda temporada, la historia arranca durante la boda de Bree (Catherine Missal) y Evan (Branden Cook), detonando seguidamente con el envío de un audio por parte de Stephen (Jackson White) a la novia en el que Evan confiesa que se acostó años atrás con Lucy (Grace Van Patten), su mejor amiga y dama de honor. Reconociendo que el gancho del show continúa recayendo en la química en pantalla del dúo protagonista, Stephen y Lucy, en esta ocasión la narración se extiende a un enfoque más coral volcándose en los arcos de Bree, Pippa (Sonia Mena), Diana (Alicia Crowder) o Wrigley (Spencer House), con especial énfasis en el romance Bree-Wrigley y la relación queer Pippa-Diana, funcionando como contrapesos más tiernos y maduros frente al caos antes focalizado en la toxicidad —demasiado— recurrente de los personajes principales. El fichaje de Amanda (Iris Apatow) y Alex (Costa D’Angelo) también ha sido bien recibido por la crítica en general: mientras ella permite abordar con claridad los abusos de poder en el entorno académico y los patrones de grooming —acoso sexual perpetrado a través de una relación de confianza, generalmente establecida mediante chats y redes sociales—, él encarna las heridas emocionales masculinas y el impacto del trauma en los hombres jóvenes, algo hasta ahora muy poco explorado por las producciones del género. Además, también se abordan sin ambages otros temas controvertidos como las denuncias falsas o el aborto, con el resultado de una cinta menos tórrida y mucho más introspectiva. Se agradece, por todo ello, la distancia que Oppenheimer ha decidido tomar con respecto a la novela homónima de Carola Lovering en que originalmente se basó la serie, dotándola de un tono mucho más maduro. Esperemos que, de haber una cuarta entrega, se mantenga ese valor de romper moldes en un género tan manido como banalizado.