CRÍTICA
La Corea ‘noir’ previa al K-pop

El fiscal Jang Geon-yeong (Jung Woo-sung), en una escena del show. - DISNEY+
A finales del año pasado, Park Eun-kyo (Mother, Mar de la tranquilidad) y un primerizo Park Joonseok nos sorprendieron con esta cinta de seis capítulos enmarcada en la Corea del Sur de la década de los 70. Digo “sorprendieron” porque, como es sabido, las producciones surcoreanas –popularmente conocidas como K-dramas– suelen estar más centradas en el romanticismo que en el thriller político de acción intensa enfocado en el espionaje. Si a ello le añadimos un presupuesto aproximado de 72.000 millones de wones surcoreanos, cuando el promedio invertido en los shows de dicho país suele rondar los 300 millones, ya podemos adelantar que no nos encontramos ante una obra convencional. Bajo la sombra de la dictadura militar de Park Chung-hee, la historia gira en torno a dos personajes. En primer lugar, Baek Gi-tae (Hyun Bin), quien se presenta ante el mundo como hombre de negocios cuando en realidad es un agente de la K.C.I.A. (Agencia Central de Inteligencia de Corea), puesto que instrumentaliza para alzar una red de contrabando de metanfetamina y otros productos ilegales con los que compra poder y favores políticos. En el otro lado del tablero se encuentra Jang Geon-yeong (Jung Woo-sung), un fiscal de Busan obsesionado con limpiar la podredumbre institucional de su país y que cuenta con la ayuda de Oh Ye-jin (Seo Eun-su), una joven detective capaz de pelear en la calle y de leer un expediente con la misma intensidad. La investigación del caso de asesinato de una pareja cuyo rastro les conducirá a una red de narcotráfico que parece conectar a mafias locales, yakuza japonesa y altos cargos gubernamentales, sirve como detonante de una trama que destaca por su ambición temática, la potencia interpretativa del dúo protagonista y su cuidadísima escenografía noir. Pero ningún guion es perfecto y el de Made in Korea no es una excepción: su irregular ritmo hace que la narración pierda fuelle en su tramo medio, acusando una capa histórica a menudo excesivamente decorativa para un sinfín de tramas y personajes que pueden terminar resultando abrumadores para el espectador. El tiempo dirá si el giro de registro hacia unos códigos más tradicionalmente occidentales la convierte o no en un referente, pero de momento la confianza de Disney en este proyecto es evidente: la segunda temporada fue confirmada para 2026, antes siquiera de llegar a estrenarse esta primera parte.