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¿Se convertirá David Uclés en un juguete roto si no acepta la condición de escritor del régimen?

david ucles

david uclesEdgar Becerra Pajares

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Probablemente sí. Tiene David Uclés el problema de que en el mundo existe la maldad. Es muy extraño lo que le pasó a Cervantes: hizo alta literatura que tuvo un éxito enorme. Hoy Cervantes no ganaría el premio Cervantes (lo ganaría Lope de Vega). “Procure vuestra merced llevarse el segundo premio”, recomendaba el Quijote, “pues el primero siempre se lo lleva el favor o la mucha importancia de la persona”. Más normal que el caso de Cervantes fue el de Rimbaud, uno de los poetas más fascinantes del siglo XIX, quien no vendió ni un solo libro, o el de Kafka, uno de los mejores narradores del XX, que ni siquiera los publicó, pero existe alta literatura que llega a todo el mundo para sufrimiento de críticos envidiosos, y valga la redundancia. Pasa en todas las artes. Las músicas de Julio Iglesias y Raphael son una porquería, pero las de The Rolling Stones, el Sting police y el postpolice, Michael Jackson o Rosalía son de una enorme calidad y tienen tantos o más fans que las de Iglesias y Raphael. Uclés ha conseguido el milagro cervantino, pero se convertirá en un juguete roto si no tiene la capacidad o la voluntad de convertirse en escritor del régimen como Javier Cercas. Cercas escribe muy bien; Uclés escribe muy bien. Esa no es la cuestión. Cercas será el primero en los premios. Uclés lo ha sido en el Nadal, pero no lo seguirá siendo, ni tendrá una muy bien remunerada columna en el periódico de los boomers progres, si no paga precios blanqueadores de ciertas cosas. Con Uclés –en realidad contra Uclés– han vuelto el machismo, la homofobia, el acoso al débil, la humillación del diferente: las verdaderas vergüenzas del siglo XXI, que no tienen nada que ver con una cancelación woke que no es tal porque gente que la denuncia como Pérez-Reverte no solo no ha sido cancelado, sino que tiene la desfachatez de organizar un congreso con el bochornoso lema “la guerra que perdimos todos”. ¡Qué cancelación! Se han hecho muchas entrevistas frívolas a Uclés, una de las cuales, en un programa de la televisión pública catalana, dio lugar a un artículo titulado El colapso de David Uclés, y con este titular ya saben el programa; y se le han hecho también, y esto es mucho peor, entrevistas malvadas como una en Girona durante la cual Uclés se tuvo que levantar porque lo ahogaba la ansiedad para alegría del periodista, contento de conseguir que el humillado escritor no hiciera lo que tendría que haber hecho: mandarlo a freír espárragos, por decirlo con suavidad. El acoso que ha sufrido Uclés en su vida (lo tiraron de niño a la basura y no le dolió eso; le dolió la vergüenza de que sus padres supieran que lo habían tirado a la basura) explica, tanto como el realismo mágico, la grandeza de La península de las casas vacías. Hace un montón de años que sabemos que, en arte, diversidad es sinónimo de profundidad. En el drama musical de Britten Curlew River, de hace seis décadas, la asunción de un papel femenino por parte de un cantante masculino amplía la vena trágica de la obra; y en la ópera de Monteverdi Il combattimento di Tancredi e Clorinda, de hace cuatro siglos, un guerrero musulmán es abordado por Tancredi, un caballero cristiano que lo hiere mortalmente y entonces reconoce en su enemigo a Clorinda: la mujer que ama. Una posible muerte literaria de Uclés conmovería como conmueve la muerte de Clorinda y como lo hace el arte del novelista, que todas las personas de buena voluntad esperan que sea largo. Si no lo es, le quedará el buen ánimo con el que Cervantes se despidió de todos nosotros hace 400 años en el prólogo de Persiles: “Adiós, gracias; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto en la otra vida”, en la que comparten justicia poética los justos de Borges, esa gente que se ignora y está salvando el mundo: un hombre que cultiva su jardín, el que agradece que en la tierra haya música, el que descubre con placer una etimología, dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez, una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto, el que acaricia un animal dormido... A esta gente amamos, y a los envidiosos de esta vida, que les den.

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