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Los días de la incertidumbre: El golpe militar de julio de 1936 se impuso durante unas horas y acabó derrumbándose en Lleida
Del 18 al 21 de julio de 1936, la ciudad pasó de las manos de los militares a convertirse en uno de los principales bastiones republicanos de Catalunya. Testimonios y documentación de la época permiten reconstruir cómo se preparó el golpe, quiénes lo impulsaron y por qué fracasó.

Imagen de la formación militar frente a la Paeria la mañana en la que Rafael Sanz Gracia declaró el estado de guerra.
Durante tres días, Lleida vivió uno de los episodios más decisivos de su historia contemporánea. Entre el 18 y el 21 de julio de 1936, la ciudad pasó de quedar bajo control de los militares sublevados a convertirse en uno de los principales bastiones republicanos de Catalunya. Los testimonios recogidos durante la posguerra y la documentación conservada permiten reconstruir cómo se organizó el golpe, quiénes participaron en él y cuáles fueron las claves de su fracaso.
La tarde del 17 de julio, varios dirigentes de la derecha local y mandos militares ultimaban los preparativos del golpe. Según la declaración del falangista Carlos Larrosa Hospital ante la Causa General el 7 de noviembre de 1941, durante las semanas anteriores habían llegado a Lleida emisarios procedentes de Madrid para coordinar la conspiración. Entre ellos figuraba el marqués de Navarrés, Manuel Álvarez de Toledo, vinculado al aparato de propaganda de la CEDA. El propio Larrosa aseguró que había viajado a Andorra junto a José Sánchez Zamora, teniente de la Guardia Civil, para adquirir armamento y que ambos compraron “unas trescientas pistolas”. Afirmó además que el 17 de julio se celebró una reunión en el huerto del cedista José Abizanda Puntas, donde varios dirigentes conservadores mantuvieron contactos con el coronel Rafael Sanz Gracia, jefe militar de la plaza. Durante el sábado 18 de julio, la ciudad permaneció pendiente de las noticias procedentes del norte de África. Según varios dirigentes de la CEDA, comenzaron a organizarse patrullas armadas para vigilar los movimientos de las organizaciones obreras.
La rebelión comenzó a tomar forma durante la madrugada del 19 de julio. Las primeras movilizaciones militares arrancaron hacia las cinco de la mañana y, tres horas después, el coronel Sanz Gracia proclamó el estado de guerra. Varios testimonios permiten reconstruir aquellas primeras horas. Recuerdan que se escucharon gritos contrapuestos de “¡Viva España!” y “¡Muera España!”, reflejo de la división existente incluso entre las fuerzas de orden público. Mientras los militares desplegaban sus fuerzas por la ciudad, la Seu Vella se convirtió en uno de los principales puntos de concentración de civiles armados favorables al alzamiento. A lo largo del día llegaron decenas de miembros de la CEDA, Falange y los tradicionalistas. Luis Aigé Corbella habló de unos 150 hombres armados; Larrosa elevó la cifra hasta cerca de 300. Paralelamente, las organizaciones obreras comenzaron a reorganizarse en la margen izquierda del Segre, especialmente en Mangraners y el Recorrido, donde representantes de la CNT, la UGT y el POUM preparaban la respuesta. En el Gobierno Militar se debatió la composición de las futuras autoridades. Inicialmente se propuso a Gabriel Alfambra Echevarría para la alcaldía, aunque finalmente el cargo habría recaído en el carlista Juan Recasens Ros. También se habría designado al teniente coronel Luis Josa de Gomar como futuro presidente de la Diputación. Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde comenzaron a llegar noticias de que Barcelona resistía. Los sindicatos habían conseguido armas y la derrota de los militares empezaba a ser evidente.
Durante la mañana del 20 de julio, el golpe empezó a desmoronarse. Las noticias sobre el fracaso de la sublevación en Barcelona llegaban de forma constante. Fue entonces cuando adquirieron protagonismo varios oficiales, especialmente el teniente coronel José Martínez Vallespí y el comandante Gil Otero. Martínez Vallespí, contrario a la sublevación, había sido detenido y sometido a arresto domiciliario, pero tras conocerse la rendición del general Goded en Barcelona reorganizó a los sectores de la guarnición fieles a la República. Al día siguiente asumiría el Gobierno Militar de Lleida. Años después, el capitán Manuel Boix aseguró que Martínez Vallespí y Gil Otero recuperaron la iniciativa y que “a partir de este momento desapareció todo control de mando y disciplina”, hasta el punto de que soldados, sargentos y paisanos constituyeron un comité dentro del cuartel. Al mismo tiempo, numerosos ciudadanos se concentraban en la zona de los Camps Elisis mientras las organizaciones obreras reforzaban sus posiciones en la margen izquierda del río Segre. La movilización popular y la pérdida de cohesión entre los mandos militares acabaron inclinando la situación a favor de la República. La descomposición también se hizo visible dentro de la propia guarnición, donde numerosos soldados dejaron de secundar a los mandos comprometidos con la rebelión.
Los concentrados en la Seu Vella se encontraron entonces frente a ametralladoras manejadas por militares que ya no estaban dispuestos a continuar el alzamiento. Uno tras otro fueron desarmados y detenidos. Muchos acabarían siendo trasladados a prisión. La caída de la Seu Vella no puso fin a la resistencia. Todavía quedaron focos de combate en distintos puntos de la ciudad. La Casa Cros, donde estaba instalado el mando del ejército de Aragón, la Diputación, el Ayuntamiento y el Seminario fueron escenarios de enfrentamientos. Hubo episodios de tensión, especialmente en el ayuntamiento, donde un capitán intentó dirigirse a los soldados antes de que un apagón desencadenara un intenso intercambio de disparos. El Seminario se convertiría en uno de los últimos reductos de los sublevados. Durante horas continuaron los tiroteos, las detenciones y los movimientos. Sin embargo, el desenlace ya estaba decidido.
La derrota de los rebeldes en Barcelona, las divisiones dentro del propio ejército, la actuación de oficiales como Martínez Vallespí y Gil Otero y las movilizaciones republicanas y obreras acabaron por inclinar la balanza.