Eduard Peñascal, 67 años y médico de familia en Lleida: «Me estoy despidiendo de mis pacientes desde Navidad; me jubilo este verano, pero la ilusión no entiende de edad»
A sus 67 años, Eduard Peñascal sigue pasando consulta en el CAP de la Bordeta de Lleida

A sus 67 años, Eduard Peñascal sigue pasando consulta en el CAP de la Bordeta. - AMADO FORROLLA
Eduard Peñascal lleva 40 años trabajando como médico de familia y ha sido docente durante toda su carrera. A sus 67 años, sigue pasando consulta en el CAP de la Bordeta de Lleida, donde entró en 2003, y este verano se jubilará tras cumplir el compromiso de formar a un residente hasta el final de su formación. Peñascal tiene una visión muy humanística y social de la medicina, sin olvidar la parte científica, y ha dedicado buena parte de su carrera a la docencia, tanto en la facultad como formando a residentes MIR. Hace tres años puso en marcha una asignatura pionera de medicina narrativa para enseñar a interpretar los mensajes de los pacientes y descubrir cómo sufren y cómo ayudarles. Defiende que la medicina de familia debería tener más reconocimiento y recursos, y critica que la atención primaria siga siendo la Cenicienta del sistema sanitario. También alerta sobre la falta de aprovechamiento de la experiencia de los profesionales mayores y la necesidad de humanizar realmente la atención sanitaria.
¿Por qué decidió seguir ejerciendo después de los 65 años?
La razón principal es que me encontraba con muchas ganas, fuerzas y, sobre todo, mucha ilusión por sacar adelante proyectos que tenía en mente. No me planteaba la jubilación como un muro. Marqué un término, un periodo de transición, y ese ciclo termina este verano.
Durante años, mis responsabilidades de gestión y docencia me restaban tiempo para la clínica, pero desde la pandemia volví a la consulta diaria y eso me ha hecho disfrutar muchísimo. Lo hablé con mi familia y mis compañeros para ver cómo me veían —si seguía siendo útil y capaz— y decidí seguir. Además, tenía un compromiso ético y personal: estoy formando a un residente de último año. No quería dejarlo a medias; quería transmitirle esa feina con ilusión, porque sin vocación esta profesión te acaba consumiendo.
Tras 40 años, ¿recomienda esta prórroga de la vida laboral?
Totalmente. Siempre he sentido la necesidad de estar en lugares mientras conserve la ilusión; cuando la pierdo, me marcho. Si la salud te acompaña y te gusta lo que haces, es muy gratificante. No necesito jubilarme para "pasármelo bien", porque ya me lo paso bien en la consulta.
Sin embargo, hay que saber poner un final para descansar. De hecho, llevo despidiéndome de mis pacientes desde Navidad. Es un proceso de duelo mutuo que me está ayudando mucho a adaptarme al cambio. En el CAP de la Bordeta entré en 2003 y dejarlo es cerrar un capítulo vital muy intenso.
Habrá creado fuertes vínculos.
Tener a los mismos pacientes durante 23 años no me cansa, al contrario, crea una complicidad única. Lo que sí genera malestar es la pérdida; cuando mueren personas con las que has compartido años de vida, te duele. Los médicos somos "segundas víctimas".
Debemos dar visibilidad a esa carga emocional; no somos de piedra. Por eso, hace tres años pusimos en marcha una asignatura pionera de medicina narrativa. Enseñamos a los alumnos a interpretar los mensajes del paciente más allá de los síntomas, a descubrir cómo sufren a través de textos literarios o teatro. Se trata de fomentar la autogestión emocional. La consulta es maravillosa, pero hay un desfase evidente entre lo que la sociedad espera de nosotros y los recursos reales que tenemos para dar esa respuesta humana.
¿Se aprovecha bien el talento de los médicos veteranos en nuestro sistema?
Sinceramente, no. Socialmente no tenemos una visión abierta sobre cómo aprovechar la experiencia de los mayores. A mí el sistema me demanda hoy exactamente lo mismo que hace 20 años: el mismo ritmo, la misma presión.
Me ofrecieron la fórmula de la jubilación activa por la falta de médicos —cobrar parte de la pensión y trabajar menos horas—, pero la condición era renunciar a ser docente. Me pareció un sinsentido absoluto y lo rechacé. ¿Cómo vas a pedirle a alguien con 40 años de experiencia que deje de enseñar? Es un talento malgastado. En otros países existen los "minijobs" o roles de mentoría que aquí brillan por su ausencia.
¿Ha cambiado mucho el sistema sanitario en 40 años?
Técnicamente, el avance ha sido una bestialidad. En derechos laborales y sostenibilidad también hemos mejorado, pero el corazón del sistema está herido. El médico de familia sigue estando en la base de la pirámide en cuanto a prestigio y recursos. Somos la "Cenicienta". He visto cómo los hospitales crecían y se modernizaban mientras muchos centros de salud se quedaban atrás.
Además, hoy estamos demasiado orientados a los números y los resultados estadísticos. Humanizar la medicina no es colgar cuadros en las paredes; es entender el sufrimiento, acompañar en la toma de decisiones y no perder el contacto físico. Últimamente se comenta que los médicos "tocamos" menos a los pacientes. Las pantallas ayudan a gestionar, pero a veces crean un alejamiento que la atención primaria no se puede permitir.
¿Considera que los médicos están bien remunerados actualmente?
En comparación con la media del país, es una de las profesiones mejor pagadas, pero el dinero no lo es todo. Muchas veces agradeceríamos más otros incentivos: tiempo de calidad, disponibilidad de recursos o reconocimiento científico.
Por ejemplo, es dificilísimo para un médico de familia ser profesor titular de universidad porque el sistema solo premia la investigación pura, y nosotros en el CAP no tenemos tiempo físico para investigar al ritmo de un laboratorio. Vivimos en una lucha constante contra las listas de espera y la gestión burocrática, situaciones que causan mucho burnout. Yo nunca me he sentido quemado, pero enfadado... muchísimas veces.
Incluso el nombre de la especialidad ha cambiado a "Atención Primaria y Comunitaria". ¿Le gusta el término?
Quiero reivindicar la esencia: la familia. Renunciar a ese concepto es renunciar a nuestro núcleo. Estamos tan aturdidos por los cambios terminológicos que olvidamos que nuestra fuerza es conocer el entorno familiar del paciente.
Por otro lado, noto un cambio preocupante en las consultas: cada vez viene gente más joven con una falta de soporte emocional alarmante. Personas de 20 años que se ven superadas por temas afectivos o laborales que antes se gestionaban con más resiliencia. Es un reto social que nos toca atender desde la primera línea.