COMERCIO
Cierra una histórica carnicería de Lleida tras 63 años de actividad por falta de relevo
Rosa Escarp, el próximo siete de junio, por la jubilación de su propietaria: “Echaré de menos la relación de confianza con los clientes”

Rosa Escarp, ayer delante del mostrador de su carnicería. - AMADO FORROLLA
El próximo 7 de junio bajará la persiana la carnicería Rosa Escarp, situada en la calle Agustins de Cappont, después de 63 años de historia familiar y tras 47 con Rosa detrás del mostrador por jubilación y falta de relevo.
El negocio abrió en 1963, era propiedad de Toni Pintor y la familia Escarp lo adquirió dos años después. Desde entonces, el establecimiento ha acompañado la evolución de un barrio que poco tiene que ver con aquel Cappont al que Rosa llegó siendo una niña. “Cuando empezamos, muchas calles ni siquiera estaban asfaltadas y apenas había semáforos”, recuerda. “Era un barrio muy familiar, lleno de parejas jóvenes y niños pequeños. Todos nos conocíamos”.
Nacida en Alcarràs, Rosa se trasladó a Lleida con cinco años. Aunque en un principio no imaginaba su futuro en la carnicería, acabó quedándose para ayudar a sus padres durante los años de mayor actividad del negocio. Estudió Formación Profesional Administrativa durante cinco años e incluso recibió ofertas de trabajo fuera del establecimiento, pero finalmente decidió continuar en la tienda familiar. “En los años 70 y 80 había muchísimo trabajo y me quedé para echarles una mano. Después descubrí que también me gustaba”, explica.
Durante décadas ha visto pasar generaciones enteras de vecinos por el mostrador. Algunos clientes compran allí desde el primer día y ahora son sus hijos quienes continúan la tradición. Rosa asegura que, más allá de la venta de productos, la carnicería siempre ha sido un punto de encuentro del barrio. “Se crea una relación de confianza muy especial y eso es lo que más echaré de menos”, admite. También ha sido testigo de cómo han cambiado los hábitos y la forma de vivir. “Antes la gente cocinaba mucho más. Ahora todo va más rápido y muchos jóvenes ya no cocinan como antes”, comenta.
Entre los recuerdos acumulados en casi medio siglo de trabajo hay anécdotas de todo tipo: desde intentos de pagar con cheques falsos hasta pequeños malentendidos con algunos pedidos. Sin embargo, Rosa prefiere quedarse con el cariño de la clientela y con la satisfacción del trabajo bien hecho. “Cuando alguien vuelve y te dice que el producto le ha encantado, te sientes orgullosa”, asegura. Ahora afronta la jubilación con ilusión y ganas de dedicar tiempo a nuevas actividades y disfrutar de una vida más tranquila, aunque reconoce que echará de menos el trato cercano con los vecinos del barrio. “He intentado tratar bien a todo el mundo y espero que la gente conserve un buen recuerdo”, concluye.