SEGRE

Pistolas, mafiosos balcánicos de la marihuana y clanes en la Mariola

La gran fábrica leridana de canutos se blinda con armamento. Armas de fuego, munición, dinero y protección para ‘cuidar’ la cosecha en sótanos, pisos y naves

Dos agents dels Mossos d’Esquadra en una plantació a Prades.

Dos agents dels Mossos d’Esquadra en una plantació a Prades.

Publicado por
FERRAN BARBER

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Primero fueron los campamentos en los barrancos del Pirineo, los jardineros reclutados entre inmigrantes magrebíes, balcánicos o del Este y una infraestructura de aprovisionamiento de las plantaciones de cannabis que incluía lanchas navegando por los pantanos al caer la noche; y también, sofisticados secaderos y un complejo sistema de irrigación de los cultivos mediante balsas, bombas camufladas y mangueras que a veces recorren kilómetros de monte bajo el suelo.

Después llegaron las naves, los sótanos, los almacenes y los cultivos indoor o bajo techo. El punto débil de esa segunda piel en la que se enfundó el negocio leridano de la hierba era su necesidad de electricidad, para lo que desarrollaron estrategias de enganches ilegales a la red.

La marihuana de Lleida salía hacia el norte oculta en camiones, a veces entre cargas de fruta. El incentivo era evidente: el precio de 1.500 €/kg de España podía duplicarse o triplicarse en el norte de Europa. Por eso la organización no necesitaba sólo cultivadores. Precisaba alquileres, almacenes, pantallas, documentación falsa y una logística comercial capaz de hacer pasar una fábrica de marihuana por una empresa de importación y exportación de alimentos.

Pero lo inquietante es que ahora el narco ha empezado a actuar en Lleida como una empresa que hubiera incorporado su propio departamento de seguridad, su asesoría jurídica y sus franquiciados locales: pistolas, munición, dinero en efectivo, abogados de confianza que aparecen para defender a los jardineros casi antes de que la policía termine el registro, clanes capaces de poner barrio, silencio y protección y mafiosos balcánicos que aportan método, capital, cosecha y salida exterior.

No hay cifras oficiales para estimar el volumen real de esa economía clandestina. Pero la serie de incautaciones documentada por SEGRE permite construir al menos una estimación prudente del valor de las cosechas producidas en ese núcleo, solo atendiendo a las plantaciones de escala industrial documentadas: desde Os de Balaguer en julio de 2019 hasta Castelldans en abril de 2026.

En Lleida, los entre 9,8 y 29,5 millones de euros en marihuana intervenida (a precios locales) en ese periodo equivaldrían a entre 1,4 y 4,4 millones de euros por año: entre el 0,1% y el 0,5% del VAB agrario anual leridano. Con la hierba pagada a precios británicos, la media anual podría situarse entre 2,9 y 13 millones de euros, todavía por debajo del 1,5% del campo legal. Dicho de otro modo: la marihuana no amenaza el tamaño total de una de las grandes potencias agrarias de la península, pero sí revela una industria clandestina suficientemente persistente y rentable como para explicar por qué las organizaciones vuelven año tras año aunque pierdan cosechas enteras.

En Huesca, la marihuana intervenida entre noviembre de 2019 y octubre de 2025 arrojaría un valor medio de mercado de entre 3,7 y 11,3 millones de euros al año a precio español (del 0,3% al 1,1% de su VAB agrario anual) y de 7,5 a 34 millones de euros en el norte de Europa.

El cálculo se ha realizado únicamente a partir de la parte derrotada del negocio. Si por cada macroplantación descubierta hubiera salido adelante otra equivalente, el valor real del ciclo se duplicaría: la horquilla de Lleida pasaría a otra de 19 a 59 millones de euros y la de Huesca a entre 45 y 136.

¿Por qué es esto relevante? Porque el dinero explica la arquitectura del narco. Una economía capaz de mover esas cifras no se sostiene con cuatro jardineros abandonados en un barranco. Necesita una cadena de producción tan compartimentada como la de cualquier empresa legal.

Por otro lado, el mayor cambio sobre lo que sabíamos hasta la fecha acerca de lo que estas organizaciones están dispuestas a arriesgar lo reveló una operación policial llevada a cabo el 21 de abril de 2026 en un barrio de Lleida que ya tenía nombre propio en la crónica local del menudeo y donde ese día cambió la escala: la Mariola.

Aquella mañana, un dispositivo de 200 agentes de los Mossos realizó entradas simultáneas en Lleida, l’Horta y Seròs y registró inmuebles del barrio, en el entorno de la plaza Barcelona y de la calle Músic Vivaldi, y también en espacios vinculados a la producción y la logística de la red.

Se hallaron más de mil plantas, dos cultivos activos, armas cortas y largas, abundante munición metálica y semimetálica, dinero en efectivo, inmuebles, conexiones eléctricas manipuladas, lo que dio lugar a una investigación por salud pública, organización criminal, tenencia ilícita de armas y defraudación de fluido eléctrico. Once personas fueron detenidas. Cinco acabaron en prisión provisional comunicada y sin fianza.

La clave estaba en el modelo. En primer lugar, el narco ya se ha armado en Lleida. Y además, según la información que manejan las fuerzas de seguridad, lo descubierto en ese barrio ha sacado a la luz una alianza hasta ahora inédita en Lleida entre narcos albaneses de la marihuana y clanes familiares locales. No una banda única, no una fusión total, sino una fórmula más eficaz: los albaneses aportaban capital, conocimiento técnico, infraestructura, suministro y salida exterior; los clanes locales, por su parte, territorio, mano de obra, producción diaria y protección del entorno. La cosecha se pactaba a precio cerrado.

La montaña había enseñado a los albaneses a producir lejos de la mirada de los vecinos. El indoor les permitió controlar ciclos, reducir pérdidas y cultivar fuera de temporada. La alianza local añadía otra ventaja: cobertura social y territorial dentro de la ciudad. El negocio dejaba de depender del aislamiento físico y empezaba a apoyarse en otro aislamiento, el de los barrios donde nadie pregunta demasiado, nadie abre fácilmente la puerta y todo el mundo sabe quién manda en la escalera.

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